el blog de reseñas de Andrés Accorsi

martes, 28 de marzo de 2017

DOS DE MARTES

Ya estoy de vuelta con nuevas lecturas.
Arranco en 2013, en Nueva Zelanda, donde el sello Beyond Reality Media recopila en libro los cuatro episodios de The Time Travelling Tourist, una saga escrita por Will Geradts (también coordinador de BRM) y Richard Fairgray, junto al dibujante chileno Gonzalo Martínez, a quien ya nos cruzamos varias veces acá en el blog.
La trama gira entorno a Beethoven Jones, un pibe que cuenta con un gadget que le permite viajar a gusto y piaccere por el tiempo. Su hobby, su diversión, su pasión, es esa: aparecer en momentos cruciales de la Historia, sacarse una selfie y mandarle una postal a los padres, onda “Acá estoy, en pleno hundimiento del Titanic/ asesinato de Abraham Lincoln/ ataque a las Torres Gemelas/ llegada del hombre a la Luna/ incendio de Roma, o lo que sea”. En sus viajes descubre que hay UN día de 1993 en que un tipo que tiene un local de donuts de New York horneó las mejores donuts de la historia. Entonces, entre viaje temporal y viaje temporal, pasa por el local a comprar unas cuantas de estas facturas redondas que comen los yankis. Claro, Beethoven va una vez por día, pero para los que lo atienden, va cada 10 ó 20 minutos (siempre durante el mismo día) y se empiezan a preguntar qué hace este pibe con todas esas donuts. Eventualmente, Beethoven pegará onda con Rebecca, la hija del dueño del local, y los guionistas sumarán una trama de comedia romántica a ese argumento gracioso, pero que ni a palos alcanza para casi 100 páginas de historieta.
Ese es el punto débil de TTTT: la premisa es atractiva, pero no para la extensión de la obra, sino para algo mucho más breve. Dentro de todo, el desarrollo se hace llevadero, sobre todo cuando Geradts y Fairgray le empiezan a dar más bola a la relación entre Beethhoven y Rebecca. Por suerte no llegué al final pidiendo la hora porque no me los aguantaba más. El final pega un giro raro en las dos últimas páginas, creo que porque empalma con otra historia en la que Beethhoven también tiene un papel, pero que parece ir para otro lado, más de ficción post-apocalíptica.
El dibujo de Gonzalo Martínez apuntala con solvencia dos aspectos fundamentales del guión: para las escenas de comedia se luce en las expresiones faciales, y para las escenas que recrean momentos históricos deja la vida en la documentación. El resto está bien, es correcto sin descollar. Cuando los personajes aparecen de cuerpo entero y en movimiento, el dibujo adolesce de un cierto estatismo, lejos de la plasticidad que adquieren los rostros en los primeros planos, pero nada que haga demasiado ruido. El colorista Juan Moraga también hace un aporte muy bienvenido a la faz gráfica de TTTT, una historieta extraña en algunos aspectos, pero que puede ser una buena puerta de entrada para explorar el interesantísimo panorama del comic neozelandés.
Tenía pendiente una revancha con Emilio Balcarce y Jok, después de aquel Knightmare que no me había terminado de cerrar. Por suerte en 2016 la dupla editó también Valkiria, una saga muy superior a Knightmare en todos los rubros, cuyo único defecto es que dura apenas 46 páginas y te deja con las ganas de leer mucho más.
Esta vez, Balcarce propone una aventura intensa y muy ganchera, en la que nos invita a revisitar la mitología nórdica, los relatos épicos de Odin, Loki y demás dioses de Asgard, con un giro muy atractivo: estos muchachos no son dioses posta, sino visitantes que llegaron de otro planeta, con una tecnología mucho más avanzada que la que poseían los humanos en ese entonces. En paralelo a la trama de intriga palaciega y machaca a todo o nada que (como no puede ser de otra manera) derivará en un inevitable Ragnarok, Balcarce nos hace partícipes del crecimiento de un personaje central, Freyja, quien para el final del tomito será una heróina con toda la chapa, a la que queremos ver protagonizar muchas historias más. Valkiria tiene muy buen ritmo, escenas de alto impacto, muchas referencias a la mitología nórdica y sobre todo un gran trabajo en la construcción de la protagonista.
También muy por encima de su desempeño en Knightmare lo tenemos a Jok, que acá tiene la posibilidad de dibujar viñetas más grandes, menos abigarradas, en las que su dibujo se luce mucho más. Hay menos mancha y más detalles, más sutilezas. Como en casi todos los trabajos de Jok, se cuela por algún lado la influencia de su mentor, Rubén Meriggi, y esta vez también vi cositas que me hicieron acordar al maestro Enrique Breccia. El trabajo de grises es excelente, creo yo que fruto de un muy logrado traspaso a blanco y negro de una historieta que en Europa se publicó a todo color. Como decía, es una pena que haya sólo 46 páginas de esto, pero bueno, por suerte tengo otra obra de Jok en el pilón de la merca sin leer.
Volvemos pronto con nuevas reseñas.

sábado, 25 de marzo de 2017

VAMOS CON OTRAS TRES

Como durante buena parte de 2016, esta vez se me acumularon tres libros para reseñar.
Arranco con Reptilia, uno de los mangas más antiguos de Kazuo Umezu, el maestro definitivo del manga de terror. Son tres historietas de distinta extensión, todas publicadas originalmente entre 1965 y 1966 y conectadas entre sí por la presencia de una misma criatura maligna: la mujer serpiente. Entre las tres historias suman más de 300 páginas… y la verdad que se hacen difíciles de digerir.
A ver, esto no es horrible. Es anticuado. Los argumentos son flojos, con recursos imposibles, los diálogos son paupérrimos, el dibujo está muy por debajo de lo que veremos en obras posteriores de Umezu… No me pareció desastroso por dos motivos: por un lado el excelente flujo narrativo que propone el autor, que de alguna manera logra que la historia te enganche; y por el otro el clima que logra conjurar, un clima ominoso, tortuoso, muy tenso a pesar de que por momentos es todo tan bizarro que no sabés si ponerte nervioso o cagarte de risa. A mí casi todo el tiempo me puso nervioso. Sin tramas mecánicas, sólo con el blanco y el negro de su pincel y su plumín, Umezu define un mundo muy enroscado (es lógico, son víboras), muy cerrado en sí mismo, donde no hay lugar para virtuosismos porque hasta el último trazo está puesto en función de lograr ese clima que destacaba yo recién y que es uno de los pocos elementos que rescatan a Reptilia del abismo de la intrascendencia. Por suerte tengo sin leer otras obras de Umezu, así que volveré a buscar revancha.
Me voy a Canadá a 2007, cuando Drawn & Quarterly publica Albert and the Others, que en pocos minutos se convirtió en mi obra favorita del gran Guy Delisle. Se trata de 26 historias cortas, de entre una y siete páginas, protagonizadas por señores de los que sólo conocemos el nombre de pila. Cada uno empieza con una letra: Albert, Bernard, Christophe… y así hasta llegar a Zoltan.
Las 26 historias son mudas y están todas estructuradas en una grilla de 15 viñetas muy chiquitas, no muy distinto a lo que planteaba Lewis Trondheim en Génesis Apocalípticos (ver reseña del 16/09/14). La grilla inamovible y el trazo de Delisle le dan homogeneidad a los 26 relatos, que no tienen ninguna conexión entre sí. Algunos son más limados, otros van hacia un humor de comedia física, algunos tienen un cierto trasfondo más social y otros (generalmente los de una sóla página) son más zarpados a nivel guarangada. Delisle no sólo la rompe en el control molecular de la narrativa: estas pequeñas pantomimas le permiten también demostrar su fenomenal manejo del lenguaje gestual y corporal de los personajes, asombrarnos con los giros impredecibles de los argumentos, y además demostrar que no necesita reflejar realidades socio-políticas de países remotos para narrar historias geniales. Acá hay un par de historias cortitas, sin textos, sin siquiera onomatopeyas, con un dibujo hiper-minimalista, y que son gemas, pequeñas piedras preciosas que ya querrían haber escrito los guionistas más grosos que te puedas imaginar. Si nunca leíste nada de Delisle, no saques pasaje a China, Israel o Birmania. Arrancá por acá y descubrí al canadiense en un nivel sencillamente inverosímil.
Y termino acá en Argentina, en 2016, con la primera aventura de Max Hell, que marca (creo) el debut como guionista de Guillermo Höhn, en equipo con Pablo Tambuscio, a quien conocimos en las antologías de la Liga del Mal. Este es un comic de poquísimas pretensiones: 50 páginas con pocas viñetas por página (hay sólo dos con más de siete cuadros, el resto siempre de 5 para abajo), un argumento simple, lineal, un esfuerzo del guionista por presentar correctamente a los personajes y sobre todo por transmitirnos la sensación de maravilla que experimentan Max y sus amigos al recorrer el planeta en el que transcurre casi toda la aventura. Una aventura muy ganchera para los chicos que miran los dibujos animados actuales de Cartoon Network o Disney XD, con buen ritmo, algunos diálogos ingeniosos y una puntita astutamente abierta para resolver en la entrega que viene, aparentemente este año.
El dibujo de Tambuscio es excelente, 100% puesto al servicio de la historia, con variedad de enfoques, de climas, unos fondos magníficos, un diseño de personajes exquisito y una paleta de colores que logra impactar sin caer en la estridencia. Se nota que este muchacho la tiene muy clara en materia de ilustración de libros infantiles y supo poner ese talento sobre el tablero a la hora de encarar una historieta más extensa que las que le habíamos visto hasta la fecha. Si tenés pibes menores de 10-11 años (pueden ser ahijados, sobrinos o mascotas bípedas), llevales Max Hell, quedá como un duque y de paso leelo y flasheá un rato vos también.
Gracias por el aguante y nos rencontramos ni bien tenga más libros leídos.

martes, 21 de marzo de 2017

TRASNOCHE DE MARTES

Debía la reseña del cuarto y último tomo de The Victories, la espectacular serie de Michael Avon Oeming, que lamentablemente no cosechó el éxito que se merecía. Este cuarto TPB incluye los episodios finales de la saga y dos historias cortas dibujadas por artistas invitadas, en las que tiene bastante chapa Sai, el personaje menos desarrollado por Oeming en la parte troncal de la serie.
Los episodios finales vuelven a poner a Faustus en el centro de la trama. El conflictuado personaje (y en menor medida Lady Dragon) será quien cargue con el peso de resolver un dilema ético en el que está en juego (y no te exagero un milímetro) el futuro de la Humanidad. Esto ya lo hicieron chotocientos autores, chotocientas veces. Pero acá Oeming lo hace distinto, hace que pegue más fuerte, que todo sea más tenso, más extremo, hasta que uno, como lector, sufra como sufre Faustus a la hora de tomar la decisión. Y hasta llegar a ese incierto final, el autor nos obsequia un montón de páginas de machaca fuera de control y la explicación (redondísima) de quiénes y por qué manipularon desde las sombras todos los sucesos que fuimos presenciando a lo largo de la serie.
Además de situaciones muy jodidas, muy buenos diálogos, un mundo lleno de elementos alucinantes para explorar y una atención formidable puesta en el desarrollo de los personajes (hasta los villanos segundones tienen toda la onda), The Victories nos ofrece muchas páginas dibujadas por Oeming a un gran nivel, con un ritmo narrativo impecable. Con la complicidad del colorista Nick Filardi, el co-creador de Powers sube la apuesta tomo a tomo en materia de puesta en página y cambia con excelentes resultados virtuosismo por impacto, detallismo por potencia visual. Si no te causa rechazo la idea de revisitar a los superhéroes en clave oscura, sórdida, 100% apuntada al público adulto, no tengo dudas de que vas a amar a The Victories.
Me vengo a Argentina, al 2016, cuando se editó a todo culo la novela gráfica Black is Beltza, co-escrita por los vascos Fermín Muguruza y Harkaitz Cano, y dibujada por Jorge “el Doctor” Alderete, gran artista argentino radicado hace muchos años en México. Black is Beltza es una obra que se nutre principalmente de su contexto histórico. El relato arranca en Octubre de 1965, termina en Diciembre de 1967 y, como si fuera una aguja con un hilo, dedica sus 125 páginas a unir mediante una trama de espionaje un montón de hechos y personajes reales que coexistieron en esos años. El tapiz se va formando con retazos que incluyen la tensión racial en EEUU, el Che Guevara en Cuba (y más tarde en Bolivia), la guerra de los seis días en Medio Oriente, la Expo mundial en Montreal y el separatismo de Quebec, la pica entre argelinos y franceses, el mítico recital de Jimi Hendrix en Monterey, el legado de Pancho Villa en México, Mohammed Ali, Otis Redding, la resistencia del País Vasco contra el régimen de Francisco Franco…
Todo eso y mucho más aparece en la historia de estos convulsionados meses, atravesado por la aventura que protagoniza Manex, un muchacho también de origen vasco, al que los autores dotan de una gran carnadura a lo largo de la novela gráfica. Manex aprende, observa, calla, se planta cuando hay que plantarse, se enamora, sufre, cobra, corre, la pone, extraña, se gana el respeto de algunos y el odio de otros, revela de a poquito algunos de sus secretos… La verdad es que para el final de Black is Beltza es difícil no considerarlo un amigo más. Creo que si Muguruza y Cano no se hubiesen gastado todos los cartuchos en estas 125 páginas, Manex podría seguir funcionando durante muchas aventuras más, como una especie de Corto Maltés del último tercio del Siglo XX.
La trama que urden los guionistas convierte a este muchacho común y corriente en una pieza clave de un delicado juego de espionaje internacional, a fuerza de intrigas, persecuciones, volantazos imprevistos… y alguna que otra casualidad demasiado inverosímil. Eso, sumado al alud de referencias a personas, hechos, conflictos y canciones de la época, tira un poquito abajo a la historia. Pero es muy entretenida, te mete muy bien en el contexto y hasta te da ganas de investigar más acerca de ese período política, social y artísticamente tan intenso.
El dibujo de Alderete me sorprendió. Yo esperaba algo más frío, más “diseñoso”, y me encontré con un dibujo más visceral, con un uso interesantísimo del color, con un tratamiento fascinante de la referencia fotográfica, un manejo devastador de las tramas mecánicas, una planificación de página muy pensada en función del flujo narrativo… Alderete cumple con los que esperaban de él algo estéticamente atractivo, y a la vez demuestra que no le cuesta nada poner su arte al servicio del relato. Muguruza y Cano lo premian con una breve secuencia onírica y con esa secuencia en la que los personajes le entran al camote (un hongo alucinógeno) y ahí el Doctor aprovecha para mostrar otros estilos, otras formas de encarar el grafismo que funcionan mejor en la ilustración que en la historieta y que así, en poquitas páginas dentro de un relato más complejo, se disfrutan a full.
No te digo que Black is Beltza es una gloria del Noveno Arte, pero si tenés antepasados vascos, o si sos muy fan del espionaje de la Guerra Fría o te copa la historia mundial de fines de los ´60, seguro te va a encantar. Y si delirás con las ilustraciones de Alderete, acá lo vas a descubrir en otra faceta, en la que también la rompe.
Volvemos pronto con nuevas reseñas.

jueves, 16 de marzo de 2017

ULTIMAS LECTURAS DE VERANO

Después de algunos días sin leer comics, volví al vicio con El Supergrupo en Acción, el Vol.14 de Superlópez, que el maestro Jan dibujara allá por 1979-80, cuando los guiones de la serie estaban a cargo de Efepé (Francisco Pérez Navarro).
Como casi todos los álbumes de Superlópez de esta época, El Supergrupo en Acción es un rejunte de varias historias de 7 u 8 páginas, puestas una atrás de otra. En este caso con bastante buen criterio, porque hay un villano que aparece en varios de los episodios, al que vemos trazar un plan, fracasar, recalcular, intentar con otra variante, volver a fracasar, cada tanto rascar un empate y al final jurar que va a volver para derrotar definitivamente a Superlópez y sus compañeros. Todo esto, por supuesto, en plan de joda. El villano es malo y a la vez torpe, y los héroes son burdas parodias del Capitán Trueno, Marvel Girl, Dr. Strange, iron Man y The Thing. La dinámica entre ellos acentúa conflictos y rivalidades pelotudas, cosa que por ahí se mostraba poco en los comics (y especialmente en los dibujos animados) de esta época, y de ahí Efepé y Jan sacan un montón de situaciones graciosas. No tan limadas ni tan extremas como las de Mortadelo y Filemón, pero muy efectivas, sobre todo si el lector es fan de los comics de superhéroes y maneja los códigos del género.
El dibujo de Jan es maravilloso, repleto de dinamismo y expresividad, y se luce especialmente cada vez que rompe la grilla de las cuatro tiras por página para meter viñetas más grandes, que le permiten hacer cosas más jugadas tanto en el dibujo como en la narrativa. Los dos episodios que transcurren adentro del banco de los superhéroes (gran idea, explorada hasta las últimas consecuencias) son los que están mejor dibujados, con más gags visuales, más acción, más onomatopeyas bizarras y más ritmo. Si sos fan de Superlópez, seguro ya sabés que en las aventuras donde aparece el Supergrupo los autores dejan la vida y casi siempre se terminan por colar entre las mejores historias de esta longeva serie que arrancó en 1973 y sigue vigente aún hoy.
Me vengo a Argentina, al 2016, cuando el sello Fog of War recuperó Knightmare, una historieta realizada por Emilio Balcarce y Jok para el mercado italiano.
Knightmare arranca fuerte, con una trama bastante remanida, pero ambientada en un mundo muy atractivo, en el que se mezclan elementos medievales con tecnología de avanzada. Una especie de versión mugrienta y grim ´n gritty del universo de He-Man, con el clásico héroe que viene bien de abajo y le gana a villanos inmensamente poderosos. Nada que no hayamos visto mil veces, pero entretenido. Cuando faltaban 12 páginas para el final, me empezó a parecer que a Balcarce le quedaba muy poco espacio para cerrar satisfactoriamente la trama. ¿Con qué me sorprendió el guionista? Con un giro argumental que convierte a Knightmare en un clon de Crónicas del Tiempo Medio, el clásico de Balcarce y Juan Zanotto que vimos acá el 18/03/16. Como aquella vez, acá los buenos deciden aliarse a uno de los dos malos e ir en contra del otro, a disputar la batalla final. Cambian los personajes, cambia la ambientación, pero la historia se repite, y eso definitivamente no está bueno.
El dibujo de Jok está muy bien. Me gustó sobre todo cuando se descontrola y manda esos personajes grotescos, desmesurados, granguiñolescos, colosos de carne, metal y furia que le hubiese gustado diseñar a Jack Kirby. A tono con la impronta épica y la abundante machaca del argumento, Jok se acerca más que nunca a la estética de Mike Mignola y Frank Miller, sin renunciar a su propia identidad gráfica. Como siempre, el claroscuro es la herramienta visual preferida por Jok y el contraste entre masas negras y espacios blancos será por momentos tan bestial como las batallas entre Bolkar y sus enemigos. La idea ingeniosa de Balcarce de ambientar la historia en una Inglaterra post-apocalíptica cobra relieve y gana impacto de la mano de la tinta espesa y puntillosa de Jok que, cuando se pone las pilas, pela unos fondos que no tienen nada que envidiarle a los que dibujaba Zanotto en Crónicas…
Y bueno, no me animo a recomendar muy enfáticamente Knightmare porque me pareció divertida, pero le falta originalidad, tanto al planteo como a la resolución. Tengo otro libro de Balcarce y Jok en la pila de los pendientes, así que pronto habrá revancha.

jueves, 9 de marzo de 2017

DOS ANTES DE IRME

Mañana temprano arranca mi gira por todo el país (más algún país limítrofe). Me voy a Tucumán, a participar del 1º Salón Internacional del Comic de esa ciudad, junto a un All-Star Squadron de autores argentinos. Pero antes, dos reseñas.
Los Hermanos Segelín recopila todas las historietas de estos carismáticos personajes realizadas por Roberto Barreiro y Lucas Varela para el fanzine Kapop!, la lujosa publicación que engalanó al under local allá por 1999-2001. En cada número de Kapop! había varias historietas de distinta temática y distinta extensión firmadas por Barreiro y Varela, pero por algún motivo (o por muchos), la más recordada siempre fue esta comedia de enredos, aventuras y misterios bizarros.
De la mano de Alejandro y Ernesto Segelín, los autores nos invitaban a recorrer lugares exóticos, a vivir peripecias caprichosamente atractivas, repletas de homenajes a clásicos del cine y de la historieta de género. Con el correr de las entregas, además, Barreiro y Varela fueron sumando personajes a la serie, que cada vez ocultaba menos su vocación de tributo a Spirou, Tintín, Freddy Lombard y demás series de aventureros nacidos en Francia o Bélgica. Las últimas tres historias abarcan en total 40 páginas y si bien cada una tiene un final, podrían leerse como un álbum franco-belga, fragmentado por una necesidad editorial, pero pensado como una unidad.
El clima de descontrol, bizarreada, frescura y exotismo está plasmado a la perfección por el dibujo de un Varela que mejora muchísimo entre las primeras páginas y las últimas. En muchas ocasiones le juega en contra tener que dibujar tantas viñetas pr página, pero ya en sus primeros trabajos, el autor de Paolo Pinocchio demostraba tener cintura de sobra para este tipo de desafíos narrativos. Si alguna vez llegó a tus oídos la leyenda de aquel mítico fanzine llamado Kapop!, en el que todos (hasta Carlos Trillo) querían publicar una historieta, capturá el librito de Los Hermanos Segelín y vas a empezar a entender por qué esa publicación goza hoy de un status mitológico.
Me vengo al 2013, cuando Mark Millar y Frank Quitely empiezan a publicar muy lentamente Jupiter´s Legacy, la enésima saga deconstructivista firmada por el guionista escocés. Este primer tomo tiene unas cuantas resonancias con Kingdom Come, en tanto se produce un clivaje generacional entre superhéroes viejos, y sus vástagos, que están buscando otro camino, otra forma de hacer las cosas. Más allá de las similitudes, Jupiter´s Legacy ofrece un upgrade muy grosso al clásico planteo de “héroes veteranos vs. nueva generación”. Acá, además, hay borrachos, merqueros, rosca política al mango, embarazos no deseados, golpes de estado… Cualquier comic que hable de política ya suma un montón. Pero si además traza un curso de acción política, nos invita a pensar en el colapso económico, en la crisis de representatividad, en el rol generalmente pasivo de los superhéroes frente a los verdaderos flagelos que afectan al planeta… ahí ya estamos en otro nivel.
En un punto, el conflicto entre Sheldon y Walter es el conflicto entre Superman y The Authority, o Miracleman. Héroes limpios, políticamente ascépticos, que sólo reaccionan frente a la provocación de los villanos, y personas con superpoderes (ya no necesariamente héroes) que creen que tienen la responsabilidad de hacer algo más con sus inmensas facultades. Todo esto muy bien planteado en una trama a la que no le falta acción, ni impacto, ni giros sorprendentes, ni diálogos memorables.
Muchos años pasaron desde aquella saga de The Authority en la que Millar y Quitely trabajaran juntos por primera vez, y la evolución en el dibujante es asombrosa. Acá tenemos a un Quitely más maduro, con más poder de síntesis, capaz de dotar a los personajes de una amplísima gama de expresiones con su trazo finito y puntilloso. Hay mucha viñeta “widescreen”, es cierto, pero Quitely rompe con esa lógica cada vez que el relato se lo sugiere y hace gala de un montón de recursos más (no sólo el widescreen) a la hora de golpear fuerte al lector. La paleta de Peter Doherty, además, aporta elegancia y power en dosis muy acertadas.
Todavía no tengo el Vol.2 de Jupiter´s Legacy, así que no sé cuándo lo reseñaré. Pero tengo la precuela, Jupiter´s Circle, y esa sí, prometo leerla y comentarla a la brevedad en este espacio.
Nos vemos el finde con los amigos tucumanos, y con el resto nos leemos por acá la semana que viene. Gracias y hasta entonces.

lunes, 6 de marzo de 2017

ARRANCA UNA SEMANA BRAVA

Arranca una semana brava, con paros, manifestaciones y bardos varios, mientras yo empiezo hoy a dictar un seminario (después de mucho tiempo sin dar clases) y el viernes viajo a Tucumán, a participar del 1º Salón Internacional del Comic de esa ciudad, después de casi tres meses de estar acá, quietito en Buenos Aires. No sé si voy a tener tiempo en estos próximos días para volver a postear en el blog, pero –como siempre- lo vamos a intentar.
Arranco con una deuda que tenía pendiente hace un par de semanas, que era la reseña del otro libro de Rodolfo Santullo editado por Pictus en 2016. Banda de Orcos está pensada como una serie, y esta primera entrega (titulada “Una Razón para Morir”) nos presenta a lo que será el elenco estable, al que veremos desarrollarse (o expandirse, o achicarse) en futuros tomos. La idea es sencilla y muy efectiva: un grupo de orcos llega al campo de una batalla épica, a todo o nada… pero la batalla ya terminó y los orcos perdieron por goleada. Ahora tienen que volver a sus tierras, esta vez perseguidos por tropas del ejército vencedor, sin dejar de lado los peligros típicos del camino en cualquier mundo de fantasía medieval.
Santullo arma una especie de road movie protagonizada por personajes que parecen escapados de un cuento de J.R.R. Tolkien y le pone su sello personal, su típica combineta de aventura clásica con diálogos ingeniosos, situaciones impredecibles y un toque de humor. Siempre respetuoso de los géneros en los que incursiona, el guionista mexicano-uruguayo se esfuerza por dotar a cada pelea de un tinte épico, aunque lo que esté en juego no sea el destino del universo entero, sino apenas la subsistencia de este puñado de parias que no son ni buenos ni malos, y cuyo honor quedó manchado por llegar tarde al combate de sus vidas. Apoyado en cantidades de texto muy moderadas y en la consigna de darle a la trama un ritmo lo más ágil posible, Santullo cuenta una historia sencilla, sin grandes pretensiones, pero que cumple con creces el objetivo de engancharnos con estos personajes y este mundo, al punto de querer leer cuanto antes el segundo tomo.
También contribuye mucho el dibujo de Marc Borstel, autor marplatense de vasta trayectoria en Europa y EEUU, que sorprende con un dibujo detallista y elaborado como el de Salvador Sanz, potenciado por el dinamismo y la fluidez de un Carlos Gómez. Si te gusta la estética académico-realista, te vas a hacer MUY fan de Borstel y vas a limar con las texturitas, los detallitos, la técnica con la que incorpora la referencia fotográfica, además de disfrutar de su impactante manejo de las escenas de acción. Banda de Orcos es una excelente opción para los seguidores de Tolkien y demás autores de fantasía épica, y obviamente para los amantes de la historieta de acción y aventura a todo o nada.
Me voy a Bélgica, a 2015, cuando Yves H. y su papá, el glorioso Hermann, realizan esta novela gráfica autoconclusiva llamada Sans Perdon (traducida por un gallego frutihortícola como “Redención”). Se trata de un western sórdido, mugriento, jodido como enema de chimichurri, pero sobre todo de una historia de amor de un padre a su hijo. Me imagino la emoción que habrá sentido Hermann cuando su hijo le entregó este guión y se me pone la piel de gallina… Detrás de esta historia de violencia, sangre, torturas y vejámenes hay una historia conmovedora de sacrificio, que no sé si redime a Buck Carter de las atrocidades que comete, pero lo eleva como padre y como ser humano. Por las dudas, Yves H. se encarga de que este forajido sin límites se enfrente a un marshall decididamente destestable, un tipo que se ampara en la autoridad que le da la ley para comportarse como un hijo de puta mucho menos redimible que el criminal al que trata de capturar.
Redención es una historia sin héroes, dominada por un clima opresivo, ominoso, más triste que ser hincha de Independiente y estar afiliado a la UCR. Ese clima cobra vida de la mano de Hermann, que acá regresa triunfal a la geografía de Wyoming, donde lo vimos repartir balazos de lo lindo allá por el 14/08/12. Pero este es el Hermann maduro, el que de a poco desenfatiza la línea y deja que el color se lleve el protagonismo y sea incluso el encargado de definir no sólo la atmósfera que circunda a los personajes, sino los propios contornos y formas de los mismos. Hermann maneja la documentación con maestría y nos hace 100% creíbles a estos personajes de rasgos blandos, enchastrados de mugre y sangre, repletos de expresividad. Y encima no se guarda nada a la hora de mostrar escenas de una violencia y una crudeza desgarradoras.
Recomiendo muchísimo esta historieta a cualquier fan del comic adulto, duro, sin concesiones. Entre los mimos que Hermann le hace a tus ojos y las patadas que Yves H. le pega a tu garganta, las emociones están más que garantizadas.
Gracias por estar ahí y ni bien tenga más libros leídos (y un rato para reseñarlos) se viene un nuevo post.





viernes, 3 de marzo de 2017

ACA NO HACEMOS PARO

Paran los docentes, paran los futbolistas y a la larga van a parar todos los sindicatos de todas las actividades, porque es evidente que este gobierno se quiere llevar puestos a todos y a todo. Pero bueno, el blog sigue adelante y mientras tenga ratos libres para leer y escribir, no van a faltar las reseñas.
Arranco en EEUU, en 2015, cuando DC lanza el Vol.5 de los tomos que recopilan la gloriosa etapa de Wonder Woman a cargo de Brian Azzarello, Cliff Chiang y su suplente de lujo, Goran Sudzuka. No me quiero repetir, así que recomiendo repasar las reseñas de los tomos anteriores (la del Vol.4 se publicó el 23/12/15, en los albores de la Revolución de la Alegría). El Vol.5 le pone un final prematuro al reinado de Apollo en el Olimpo, no sin antes permitirle protagonizar las escenas de tortura más escabrosas y con más mala leche que me tocó leer en el último tiempo. Otros dioses con bastante peso en este segmento de la saga son Hera, Artemis, Hermes y Dionysus, uno que hasta ahora había aparecido poco y nada, y al que Azzarello trae del banco de suplentes para que salga a la cancha y la termine de embarrar. Todo esto sin dejar de lado a Zora y Zeke, al First Born (que demuestra en la práctica la infinita chapa que parecía tener en los episodios previos y cuyo origen resulta tan épico como estremecedor) y a Orion, aunque para la mitad del tomo desaparece y no lo vemos más, ni nadie lo vuelve a mencionar ni siquiera para preguntar “che, ¿qué pasó con Orion, que no volvió a aparecer?”. Tranqui, está lo más bien, atajando en Racing :P
Son muchos personajes, porque además hay una villana bien marcada (Cassandra), un ejército que responde al First Born y muchos más. Sin embargo, Azzarello los hace entrar y salir de escena a todos de modo claro, ordenado, coherente. La trama es compleja y hasta que no reaparezca Zeus no se va a simplificar. Pero está claro que el próximo tomo es el último, por eso sobre el final de este Vol.5 el guionista cruza varios rubicones y deja a Diana definitivamente establecida como Diosa de la Guerra, algo de lo que (por supuesto) jamás se hicieron cargo en ninguna de las apariciones de la heroína fuera de esta revista. Lo cierto es que tenemos mucho desarrollo de personajes, excelentes diálogos, una intriga familiar y política irresistible y un nivel de machaca que te deja absorto. Los dos dibujantes, Chiang y Sudzuka, le ponen el alma a esta saga como nunca antes lo habían hecho. Su principal logro consiste en dotar de elegancia y sobriedad a un comic por momentos muy pasado de rosca en materia de violencia, muerte y destrucción. Prometo liquidar muy pronto el Vol.6, ni en pedo me aguanto otros 14 meses y medio para saber cómo sigue esta hiper-epopeya con la que Azzarello dio cátedra de cómo se hace comic de autor adentro del mainstream.
Por otro lado, el 08/02/16 me tocaba reseñar (entre otros) el Vol.1 de Artemis, la serie de aventura, fantasía y ciencia-ficción creada por Ariel Grichener y Guillermo Villarreal. Ahora voy por el Vol.2, llamado Ejército de Sombras, y a nivel dibujo tengo para decir exactamente lo mismo que dije la vez pasada, así que recomiendo releer la reseña del Vol.1.
En cuanto al guión, esta vez Grichener abre el juego a más personajes, le otorga una chapa descomunal al enano Claus y (una vez más) deja algunas puntas abiertas para explorar en futuras entregas. La historia está bien, es divertida, pero me encuentro con dos trabas a la hora de recomendarla. Por un lado, esta vez se me hizo más evidente la fórmula que usa Grichener para escribir estas historias, todo me sorprendió un poco menos que la primera vez, me pareció más obvio. Y por otro lado, los diálogos, que suenan muy antiguos, muy acartonados. No te pido que personajes de un mundo tecno-medieval onda He-Man digan “¿qué hacé, vieja, todo liso?”… pero diálogos como “Ya te tengo… es tu fin…” y el uso constante del imperativo para contarnos lo que van a hacer los personajes (“debo hacer esto”, “debemos hacer lo otro”…) están al límite de tomar por boludo al lector. En las primeras dos páginas, Grichener acompaña una secuencia muda con bloques de texto muy bien escritos, con cierto vuelo poético al estilo Robin Wood, pero enseguida los deja de usar. Una pena. Lo más rescatable del guión es, una vez más, el ritmo, la capacidad de Grichener de darle a cada secuencia la cantidad exacta de viñetas que necesita para mantener el interés del lector, sin estirar ni apurar groseramente el flujo del relato.
Ya tengo leído un librito más, así que en cualquier momento volvemos con más reseñas. Y creo que queda alguna vacante para el seminario sobre Historia de los Superhéroes, así que si sos de Buenos Aires o aledaños, anotate y nos vemos el lunes.

martes, 28 de febrero de 2017

SURFEANDO LA OLA DE CALOR

No estoy con muchas ganas de escribir, pero creo que mañana voy a tener menos ganas y casi seguro menos tiempo, así que ahí vamos.
Arranco con Seraphim-2666133336Wings, un manga co-creado por dos de los más grandes directores de la historia del animé: Mamoru Oshii y Satoshi Kon, con dibujos de este último. Son unas 220 páginas, que cuentan… con mucha suerte un tercio de la historia. En algún momento de la serialización (allá por 1994) se produjo un cortocircuito en la dupla autoral y Seraphim quedó ahí, inconclusa, cuando la trama todavía tenía muchísimas incógnitas por resolver.
Estamos hablando de una historieta profunda, compleja, con acción y tiros, con conspiraciones y runfla política, situada en un futuro post-apocalíptico y cercano, narrada en un tono muy realista, circunspecto, dramático. Los elementos fantásticos tienen mucho peso en la trama y son interesantísimos, porque vienen de dos palos distintos: algunos tienen una explicación cuasi-científica y otros (los vinculados a Sera, la misteriosa niña que es niña hace un montón de años) parecieran estar vinculados a cuestiones místicas o metafísicas.
Oshii y Kon logran generar una intriga que te atrapa y te pone nervioso, y que crece a la par del ritmo de la aventura. La segunda mitad del libro es claramente más ganchera, con mejores y más impactantes revelaciones, mientras que en la primera mitad, los autores te están presentando este mundo en crisis y cada vez que dos personajes se encuentran, uno le explica al otro cómo funcionan ciertos aspectos de esta sociedad arrasada por una enfermedad misteriosa, a veces en diálogos muy extensos, que conspiran contra la agilidad del relato.
Lo mejor que tiene Seraphim es el planteo, el tratamiento de uno de los personajes (el Inspector Melchor, también conocido como “Jacob, el mata países”), el clima ominoso y –muy por encima de todo eso- el dibujo de Satoshi Kon, que está fuera de escala. Acá vemos al director de Paprika y Perfect Blue dejar la vida en cada viñeta y obsequiarnos un trabajo absolutamente insuperable en materia de fondos, aplicación de grises, expresiones faciales, planificación de las secuencias mudas… Me imagino que Kon habrá trabajado en equipo con muchos asistentes, porque cada página de Seraphim tiene una cantidad de laburo inhumano, más allá de la calidad, que es sublime. ¡Qué bestia que era este tipo y qué pena que no haya producido más mangas!
Me voy a Francia, a 2011, cuando Aude Picault publica Fanfare, conocido en nuestro idioma como “Charanga”, gracias a la edición de la extinta Sins entido. Estamos frente a una historieta que logra algo muy difícil: mantener nuestra atención durante casi 90 páginas sin nada parecido a un conflicto fuerte, sobre el cual apoyar el desarrollo del argumento.
Picault nos sitúa en un pueblito de Francia donde se realiza cada año un festival, al que concurren bandas de música, muchas y muy numerosas, a tocar y sobre todo a escabiar. Durante los días del festival, los miembros de las “charangas” tienen canilla libre en todos los bares del pueblo y parte de la gracia es chupar hasta caer en el arruine más absoluto. Lo más parecido a una trama es el fragmento en el que Alde, una joven que toca el trombón, recorre varios lugares de este pueblo tratando de encontrar a Bilu, el chico que le gusta. Pero el dato de que Bilu no asistirá al festival se lo dan a Alde 50 páginas antes del final. De ahí en más, la protagonista pasa a ser testigo. La vemos deambular por el pueblito, interactuar con chicos y chicas de distintas charangas, hablar boludeces, ver cómo sus interlocutores vuelcan del pedo que tienen y –cerca del final- fisurar ella también.
Casi toda la obra adopta un tono más descriptivo que narrativo, con los personajes convertidos en guías, que están ahí para llevar al lector de la mano, en esta recorrida por el pueblo copado por esta legión de músicos amantes de la fiesta y el escabio. No es fácil, me parece, lograr mantener el interés en un relato de este tipo, sobre todo en un comic, donde la música no se oye y la birra no se degusta. Pero bueno, los diálogos son divertidos, Alde es un personaje querible casi a pesar suyo y está todo muy, pero muy bien dibujado por una autora de trazo simple, fresco, con una línea hiper-clara, con mucha atención por el lenguaje corporal y las expresiones faciales, un gran manejo de las onomatopeyas, un tratamiento hermoso del color y un recurso que está bueno para transmitir la sensación de libertad, de descontrol en el sentido de escasez de reglas: Picault no le dibuja los marcos a las viñetas en toda la obra, como lo hiciera alguna vez el glorioso Will Eisner.
No te quiero vender el chamuyo de que Charanga es una obra fundamental del comic contemporáneo, pero es algo distinto, muy logrado en un montón de aspectos, que me alcanzó y sobró para poner a Aude Picault en la lista de los historietistas a los que conviene seguir de cerca.
Volvemos a encontrarnos pronto, cuando tenga más libros leídos. Y nos vemos cara a cara el lunes, con los que se hayan inscripto en el seminario de Historia de los Superhéroes que voy a estar dictando los cuatro lunes de Marzo.

sábado, 25 de febrero de 2017

LOGAN

Mirá cómo te la vendo con una sóla frase: Wolverine, X-23, el Profe Xavier, Caliban, los New Mutants con Rictor a la cabeza y los Reavers con Donald Pierce a la cabeza, trenzados en una road movie crepuscular, sin historias de amor pedorras, sin boludeces, con niveles de violencia y emotividad a los que no puede aspirar ninguna de las otras películas de la franquicia X-Men.
Y no, Logan no es una película perfecta. Tiene un par de momentos en los que el ritmo se frena medio de golpe y el director/guionista James Mangold estira innecesariamente escenas que podrían resumirse muchísimo. Pero fuera de eso, estamos frente a 141 minutos de una calidad poco frecuente para el cine de acción en general, obviamente muy por encima de lo que vimos en las dos películas anteriores dedicadas al mutante canadiense.
Logan tiene dos cosas que las pelis anteriores no tenían y que se extrañaban grosso: por un lado, escenas intimistas con fuerte carga emocional, de esas que te redefinen por completo a los personajes; por el otro… ¡sangre! Veníamos acostumbrados a extensas secuencias de machaca salvaje en las que Wolvie pelaba garras y daba (o recibía) como en bolsa… pero no salía sangre, ni tripas, ni nada. Acá tenemos hectolitros de sangre, alguna que otra tripa y un montón de miembros mutilados: brazos, piernas y hasta cabezas seccionadas de sus respectivos cuerpos y volando por el aire. Lo más lindo (si tenés estómago para aguantar la violencia sanguinolienta) es ver a una tierna nenita de 11 años matar gente a lo pavote. La versión fílmica de Laura (o X-23) tiene una agilidad animal asombrosa, un instinto salvaje afiladísimo para las peleas y a Mangold no le tiembla el pulso a la hora de mostrar cómo roba, mata y mutila sin el menor reparo.
Laura es, sin dudas, el personaje mejor trabajado a lo largo de toda la peli. Pero los diálogos más graciosos, más intensos, aparecen cuando se trenzan Logan y el Profe, en escenas que aprovechan al mango la incomparable calidad actoral de Patrick Stewart, y en las que Hugh Jackman (bastante menos dotado que el británico) se las ingenia para salir bien parado. Y si bien hay varios momentos en los que la comedia funciona muy bien, el clima de la película es, en general, melancólico. Más allá de los (no tantos) chistes y la abundante machaca, esta es una historia crepuscular, la historia que cierra la saga de Wolverine y el Profe, de modo bastante definitivo. Eso también está muy logrado: minuto a minuto te vas convenciendo de que si la película termina mal, va a estar todo bien, que lo contrario sería ilógico. Logan está ambientada en el 2029, con un Xavier de 90 años y un Wolverine de alrededor de 150 (muy baqueteados ambos), no porque la trama requiera la proliferación de elementos futuristas (de hecho, me pareció que había muy pocos), si no para no aniquilar la posibilidad de que estos personajes aparezcan en otras películas, algo que parece bastante factible.
Además de una nueva y extensa formación de New Mutants lista para protagonizar infinitas pelis, Logan nos deja un montón de emociones, persecuciones, combates, puteadas (creo que la única peli de superhéroes con más puteadas es la de Deadpool), un muy lindo homenaje a la magia de los comics de X-Men, y sobre todo la posibilidad de disfrutar –por fin- de una gran película de Wolverine, algo que hasta ahora estaba en la lista de pendientes. Me hubiese gustado ver a Jackman aunque sea 10 minutos con la máscara y el traje marrón, o aunque más no sea con el traje amarillo (que me gusta menos hasta cuando lo dibuja John Cassaday), pero no. Acá tenemos 141 minutos de Jackman a cara descubierta, poniéndole rostro, cuerpo y expresión a su despedida del personaje, después de 17 años y 9 largometrajes. Veremos con quién lo reemplazan en las futuras entregas de la franquicia X-Men, que supongo que seguirá avanzando. De hecho, el guión de Logan tira puntas de historias que sucedieron en los años que nos salteamos para llegar al 2029 y que estaría muy bueno explorar.
Si me fui contento de cine cuando vi la segunda peli, con esta me fui flotando de felicidad. Obviamente la recomiendo mucho, y recomiendo también no quedarse a ver los créditos a la espera de una escenita extra, porque no la hay.

jueves, 23 de febrero de 2017

JUEVES HOT

Está calentita la tarde, pero igual me animo a clavar el culo en la silla un rato para escribir un poco acerca de los dos libros que me bajé en estos días.
Arranco en EEUU, a fines de 2015, cuando Fantagraphics publicó Violenzia and other deadly amusements, un libro más en la ilustre trayectoria del único e inigualable Richard Sala. Es un libro un poquito ladri. En sus 144 páginas tenemos dos aventuras de Violenzia (una de 48 páginas y una de 34), una especie de cuento ilustrado que tiene algunas páginas divididas en viñetas como para que se parezca un poquito más a una historieta, y una galería de ilustraciones (casi todas majestuosas) que abarca 28 páginas más. Difícil protestar cuando el material de relleno son dibujos e ilustraciones de Richard Sala, pero bueno, la reseña la vamos a centrar en las historietas de Violenzia, que fueron el anzuelo que me enganchó y me hizo desembolsar los u$ 17 que vale el broli.
Básicamente las dos tramas son parecidas: arrancan por el lado del misterio y en un momento irrumpe la machaca y se convierten en orgías de tiros, peleas, explosiones y… violencia, como su nombre lo indica. Creo que son las escenas de pelea más largas (y sin duda las más intensas) en la carrera de Sala, y esto no le deja más opción que continuar la tendencia de sus obras más recientes, que es la de armar páginas con muy pocas viñetas. Esto le sale muy bien, potencia muchísimo el impacto del dibujo y (lógicamente) hace que la lectura dure poco, aunque Sala a veces mande globos de diálogo realmente profusos.
En ambos casos tenemos historias simples, lineales, muy potentes, que primero te envuelven con sus intrigas y sus climas ominosos y después te salpican con sangre. Poesía y misterio con olor a pólvora, plasmados gráficamente por un artista cuyo dominio del dibujo y el color no deja de sorprenderme ni de fascinarme jamás, a pesar de que lo sigo hace décadas. ¿Es el libro indicado para empezar a explorar el mundo sensual y grotesco de Richard Sala? Me parece que no, que yo recomendaría arrancar por otro lado. Pero si sos hardcore fan y querés todos los libros del ídolo, entrale con confianza que no te va a decepcionar.
Y me vengo a Argentina, año 2016, para recorrer A Tu Rojo Ruta, la ópera prima como autor integral de Mariano Taibo, al que teníamos ubicado como un entintador que la rompía en los títulos de Marvel por los que desfilaba Carlos Pacheco. Hasta que un día Taibo sintió ganas de hacer otra cosa, más personal, y mandó a la mierda a Marvel para internarse en esta historia sórdida y desgarradora de violencia, corrupción y muerte.
Me pasó algo parecido que cuando leí Guro: sentí que la trama de A Tu Rojo Ruta me sonaba de unas cuantas historias previas, pero aún así me resultaba atrapante por la apuesta formal de Taibo, por los yeites, los firuletes narrativos, incluso los caprichos. Una obra que podría haberse sujetado firme al “más de lo mismo”, eligió el camino más difícil, el de una narrativa no lineal, el de una puesta en página extraña, muy condicionada por el formato de la tira, con la decisión extrema de no contar con líneas ni manchas negras, sino acotar TODA la faz visual (hasta las letras) al magenta y el azul. Lo de “acotar” es un término inexacto, porque la verdad es que visualmente a este trabajo no se le puede reprochar nada. Taibo dibuja muy, muy bien y tiene un imponente manejo de la mancha, de las líneas cinéticas, de los tramados, y por ahí no tanto de los fondos, pero como casi toda la historia transcurre en un desierto, no molesta para nada.
Más allá de los riesgos gráficos y narrativos que asume Taibo, A Tu Rojo Ruta tiene un gran trabajo de construcción de personajes, muy buenos diálogos y la habilidad para golpear donde duele, para meterse con realidades muy jodidas de la Argentina profunda, en la que se mezclan religión, política, ignorancia, pobreza, trata de personas, narcotráfico y tragedia. Me re-imagino a esta historia convertida en un largometraje, aunque también pienso que perdería muchísima de la magia que tiene así, en esta versión. Si no te asusta un thriller áspero, agreste, con mucha mala leche, torturas y crímenes de todo tipo, te recomiendo A Tu Rojo Ruta.
Espero con ansias el próximo trabajo de Mariano Taibo y prometo nuevas reseñas para dentro de unos días. ¡Gracias y hasta entonces!

lunes, 20 de febrero de 2017

DOS GEMAS DE LUNES

El otro día prometí volver a ocuparme de Facundo Percio en una reseña, y acá estamos, con el libro de Fashion Beast, la historieta que en realidad es una adaptación del guión que escribieran Alan Moore y Malcom McLaren (dos nenes de pecho) para una pelícuka que nunca se filmó. Como suele suceder cada vez que los muchachos de Avatar revuelven los cajones del Mago de Northampton y encuentran un texto adaptable al comic, el encargado de convertir el guión cinematográfico en un guión de historieta fue Antony Johnston. Y se ve (después de adaptar poemas, canciones, relatos, conjuros y listas de los mandados) que el tipo está curtido en estas lides, porque la historieta se lee muy bien, como si Fashion Beast hubiese sido imaginada de entrada como una novela gráfica. El desafío más cuesta arriba para Johnston es lograr transmitir sin canciones las sensaciones que la supuesta película pensaba transmitir desde su soundtrack, y la verdad es que ese punto está muy bien logrado. Hay extensas secuencias mudas (que uno imagina musicalizadas en el quimérico largometraje) y dos escenas en las que Johnston incorpora la letra de un tema muy importante para la trama, que parece ser una versión “alternativa” (llámese “no tenemos guita para usar la letra del tema que todo el mundo conoce”) de Vogue, el hitazo de Madonna que ardía en llamas en 1990, el año en que Moore y McLaren concibieron Fashion Beast.
La historia en sí es atrapante. Es un cuento de hadas moderno, con un leve trasfondo político con sabor a distopía (ahí se ve clarita la mano del Mago, jugando de local en esa cancha tras el éxito de V for Vendetta), una mínima trama romántica y una visión descarnada y original acerca del mundo de la moda, los diseñadores de moda y las modelos. Los tres personajes protagónicos están muy bien trabajados, con mucho desarrollo, mucha carnadura. Había que conseguir MUY buenos actores para que una versión filmada transmitiera todo lo que trasmiten los personajes en el comic.
Obviamente eso es mérito de los dibujos de Facundo Percio, quien se consagra con un trabajo fantástico, realmente impactante. Nuestro compatriota te detona las retinas con un nivel de detalle superlativo, con un criterio infalible en la planificación de secuencias muy complejas, con la expresividad que logra darle a los rostros de los personajes que no se parecen para nada entre sí. No te voy a chamuyar: Percio no es un dibujante hiper-original, ni un genio vanguardista que se proponga revolucionar el Noveno Arte, ni mucho menos. Es un autor ideal para historietas de género, de estética realista, con rasgos bien expresivos, que después de dibujar mucha aventura de terror y ciencia-ficción, acá sorprende al demostrar su jerarquía también en el terreno de una historieta más intimista, más romántica y más política. Si no lo conocías, no se me ocurre mejor carta de presentación que este trabajo, extenso, lleno de desafíos, con el sello de prestigio que le otorga la mano mágica de Alan Moore (autor, además, de un prólogo obscenamente bien escrito) y donde se lo ve magníficamente complementado por los colores de Hernán Cabrera.
Y sigo con autores argentinos, esta vez con Renzo Podestá, el increíble rosarino radicado en Córdoba, que en 2016 lanzó su novela gráfica Warpaint. Warpaint tiene un sólo problema, y es que se lee muy rápido. Son 70 páginas de historieta que, al tener poco texto y pocas viñetas por página, duran poco. Fuera de eso, Warpaint es una experiencia fascinante, por la calidad de los dibujos, la fuerza del mensaje y la intensidad de la historia. Después de un arranque a pura machaca medieval, el segundo tramo te confunde un toque, te descoloca. ¿Qué pasa acá? De pronto Renzo pega un giro hacia una trama medio metafísica, intimista, melancólica… Nada, rápidamente llega otro volantazo, y revelaciones impactantes que le dan otra vuelta de tuerca al argumento y lo llevan hasta una resolución brillante.
El dibujo de Podestá llega en Warpaint a un pico, a un nivel de originalidad imposible. Esto es idiosincracia pura, acá no hay la menor intención de cumplirle las expectativas ni los caprichos a nadie. No hay fan service, hay un autor desencadenado, fuera de control, decidido a convertir a la página en su patio de juegos, en su laboratorio de experimentación, en su campo de batalla, en su cementerio, si hiciera falta, pero sin bajarse los lienzos ni un milímetro y sin guardarse nada. Quizás te parezca que el estilo visceral, experimental, a todo o nada, no se condice mucho con una propuesta más o menos aventurera como la de Warpaint. En ese caso, preparate para llevarte una sorpresa. Acá Renzo saca chapa de genuino heredero del Viejo Breccia y Ted McKeever con un combo mortal entre el estallido plástico y la disciplina narrativa que hace falta para tener a un lector enganchado durante 70 páginas con un relato potente y conmovedor. Muy grosso.
Volvemos pronto con más reseñas.

sábado, 18 de febrero de 2017

¡LOS SUPERHEROES DESENMASCARADOS!

¿Por qué, cómo y de dónde surgieron los superhéroes? ¿Cómo llegaron a imponerse como íconos centrales de la cultura globalizada? ¿Cuáles fueron los autores y las obras más importantes de sus 80 años de historia? ¿De qué hablamos cuando hablamos de ”Golden Age” y ”Silver Age”?
Todos esos secretos y muchos más, revelados en un seminario de cuatro clases, a lo largo de los cuatro lunes de Marzo.
Inscribite ya, que los cupos son limitados.

viernes, 17 de febrero de 2017

ACA VAMOS DE NUEVO

Bueno, me devoré ese libro gordísimo en tiempo record. Era el Vol.5 de Lucifer, con el tramo final de la serie de Mike Carey y Peter Gross que empezó como un tímido spin-off de Sandman y terminó como una serie realmente grossa, con un lugar sobradamente ganado entre las grandes historietas que publicó Vertigo en sus primeros 20 años de existencia.
En este último libro, Carey resuelve todas las tramas pendientes sin descuidar en lo más mínimo lo más importante que tiene Lucifer, que es el constante desarrollo de personajes. Más allá de los giros argumentales imprevistos (que siguen apareciendo, incluso cuando faltan uno o dos episodios para el final), Carey conserva hasta último momento esa capacidad asombrosa para hacer que el lector se identifique con los personajes y los entienda y los quiera, aunque se trate de dioses, demonios, ángeles o inmortales de cualquier grupo o factor. Por si alguno no lo entendió, el guionista reitera de modo aún más explícito el concepto central de la serie (por supuesto tributario de ideas que ya esbozara Neil Gaiman en Sandman): ser Dios no está tan bueno, porque no tenés la libertad de hacer lo que se te canten las pelotas. Lucifer Morningstar sube la apuesta todo el tiempo en ese sentido: el no se siente el más poronga si gobierna al resto. Se siente el más poronga si nadie le rompe las pelotas. Y hacia ahí va el arco final, a un ritmo muy tranqui, con muchas secuencias intimistas y -lógicamente- con mucha exploración de las consecuencias de la movida más… drástica de Carey, que es la de unificar todos los mundos conocidos, más el Cielo y el Infierno, bajo la conducción de una sóla deidad, un personaje (no lo nombro para no cagar a nadie que no haya leído la serie) al que a lo largo de estos cinco tomos vimos evolucionar muchísimo hasta merecerse ampliamente el rol que el guionista le reservaba para el final.
El dibujo de Peter Gross se me hizo muy llevadero y por momentos hasta me gustó. Y de los tres “fill-ineros” invitados (Michael Kaluta, Zander Cannon y Dean Ormston) me quedo –adivinaste- con este último. El siempre alucinante Ormston la destroza en uno de esos unitarios que Carey dedica a darles chapa a los personajes secundarios y que son parte fundamental de la magia de esta gran serie, que termino de leer 11 años después de que dejó de salir, y que no me cansaré nunca de recomendar.
Me vengo a Argentina, al 2016, para hablar un poquito de Hounds, una antología con seis historias de misterio sobrenatural escritas por Rodolfo Santullo. No me enganché mucho, la verdad… Me gustó la idea de tomar investigadores que ya existían en cuentos y novelas de grandes escritores y vincularlos al estilo League of Extraordinary Gentlemen, pero las historias en sí no me llegaron demasiado. Les falta sorpresa, desarrollo de personajes, esos diálogos filosos tan típicos de Santullo… En una historia, el villano pierde porque se tropieza, otras se resuelven de modo muy sencillo, muy lineal, a veces con un par de trompadas. Creo que el argumento que más me intrigó fue el de la última historia (la de Jules De Grandin), pero el interés se fue desvanesciendo a medida que mis ojos chocaban con globos y bloques de texto cada vez más grandes, más profusos, más superpoblados de palabras.
Lo que eleva a este libro muy por encima de la media es la labor de los dibujantes. Santullo reunió a un verdadero All-Star Squadron y los seis dejaron la vida, cada uno en su estilo. Matías Bergara abre la lista con un trabajo en el que mezcla influencias de Alberto Breccia y Alfonso Font con una elegancia descomunal. Lisandro Estherren te pone los pelos de punta con unas páginas en las que parece invocar al espíritu de Oswal, pero en clave dark. Sebastián Cabrol me conmovió con su manejo de los grises para acentuar los climas, fundamentales en una historia donde en el 80% de las viñetas sólo vemos gente quieta. Facundo Percio remó contra el guión más flojo de la antología y logró lucirse con su dibujo rico en dinamismo y en técnicas de iluminación. Oscar Capristo también hace magia con el blanco, el negro y las tramas de gris, y logra que su trazo sintético y potente le gane la pulseada a dos o tres páginas en las que los globos de diálogo parecen devorarse a la narrativa. Y el maestro Horacio Lalia, claramente el más jaqueado por la cantidad de texto que tiene que incluir en cada viñeta, responde con un trabajo sobrio, sin estridencias, y con algunos hallazgos técnicos en el manejo de la témpera blanca sobre tinta negra, texturas, cepillados y demás yeites heredados del inmortal Viejo Breccia.
Esto leyendo otro libro de Facundo Percio y en cualquier momento me meto en otro de Rodolfo Santullo, así que volveremos a visitar pronto a varios de estos autores. ¡Buen finde y hasta luego!

martes, 14 de febrero de 2017

DOS JOYITAS

Sigo avanzando en las lecturas del material que se publicó en Argentina durante el segundo semestre de 2016, aquel período mágico e idílico que pasó a la historia porque fue cuando vimos la luz al final del túnel y se terminaron la inflación, la recesión, los despidos, los tarifazos, la fuga de capitales, la inseguridad y el impuesto a las ganancias.
Y así llegué a Los Visitantes del Agujero del Comedor, otra excelente colaboración entre Federico Reggiani y Angel Mosquito, una de las grandes duplas que tiene hoy el comic, me animo a decir a nivel mundial. Esta historia arranca medio X-Files y termina medio Men in Black, pero de punta a punta tiene el irresistible sabor de la berretada argentina, ese aroma inconfundible del sainete de Alberto Vacarezza, del grotesco de Esperando la Carroza. Reggiani ya demostró que sabe condimentar con esas especias historias de zombies, de astronautas, road movies, lo que venga. Y esta vez se supera a sí mismo con un equlibrio impecable entre el suspenso, la acción y la comedia. Todo esto sustentado en un magnífico trabajo en la construcción de los personajes que, a pesar de su torpeza, su mala leche o su codicia, resultan uno más querible que el otro.
El dibujo de Mosquito contribuye muchísimo a ese equilibrio entre estos elementos no tan fáciles de incorporar a un mismo relato. Acá lo vemos trabajar en un estilo limpito, sintético, complementado con un manejo alucinante de los grises aplicados en el photoshop. Sin dudas, ese registro tan Mosquito (siempre a mitad de camino entre el costumbrismo y la bizarreada) resulta ideal para esta gran anti-epopeya, esta especie de “Eternauta puertas adentro” en la que la aventura viene a buscar a tipos y minas comunes del conurbano bonaerense ya no a su barrio, sino al interior mismo de su living. Recomiendo a full Los Visitantes del Agujero del Comedor y felicito a la editorial Maten al Mensajero por apostar fuerte a la dupla Reggiani-Mosquito, que hasta ahora jamás me falló.
Y salto a 2017, porque con Bakuman no me puedo aguantar y salió el Vol.16, después de una larga abstinencia. Tsugumi Ohba y Takeshi Obata (hablando de duplas grossas…) avanzan hacia el tramo final de su obra maestra a paso firme, sin tirarse a chantas y sin guardarse absolutamente nada. Esta vez, el foco está puesto en el genio, el virtuoso, el asombroso Eiji Niizuma, el rival al que todos le quieren ganar y al que todos admiran profundamente. La trama es brillante, el suspenso, la tensión, todo funciona a la perfección. Y sobre todo, el gran logro de Ohba, que es que amemos a estos personajes, con sus virtudes y defectos. Te juro que en un momento me dieron ganas de meterme en la historieta (como la minita del videoclip de A-ha) a darle un abrazo a Niizuma y decirle cuánto lo admiro.
El resto del elenco no se queda atrás aunque, claro, al ser tantos personajes, hay varios que en este tomo están pintados al óleo, con menos protagonismo que Independiente en los torneos de verano. Lo bueno de esto es que esta vez zafamos de Azuki, el personaje más choto de Bakuman, que no aparece ni una viñeta y ni siquiera la nombran. Mejor así. Mientras tanto, Ohba y Obata nos regalan un montón de escenas memorables, como cuando Niizuma le pela a Yujiro Hattori el pilón de originales de sus obras inéditas, o cuando Iwase sale de su reclusión y reacciona como nadie se imaginó que iba a reaccionar. Por si faltara algo, en las últimas… 40 páginas, se empieza a desarrollar un plot nuevo muy interesante, que si no me equivoco anuncia el inminente regreso de uno de los “villanos” más atractivos que tuvo este manga.
Como siempre digo, Bakuman es lo mejor que le pasó al shonen en su historia. Un manga de amor al manga cuyo único defecto es que termina en el Vol.20 y ya leí hasta el Vol.16. Quisiera que esto dure para siempre, decía una canción de una banda mediocre…
Y bueno, ya volveremos con más reseñas. Estoy empezando a leer un mega-broli de muchas páginas, así que capaz que me tomo más días que de costumbre para volver a postear…