el blog de reseñas de Andrés Accorsi

lunes, 21 de mayo de 2018

DOS DE TRASNOCHE

Otra vez se me acumularon un par de libros leídos, y bueno, sin más prologómenos procedo a reseñarlos.
Empiezo con el Vol.1 de Your Name, un manga romántico escrito por Makoto Shinkai y dibujado por Ranmaru Kotone. En general, no me atrae el manga romántico, pero este venía muy recomendado, me sedujo el tema de que hubiera una dupla guionista-dibujante y la verdad que los dibujos están buenísimos. El problema es que después de mirar un toque los dibujos se me ocurrió leerlo.
En realidad no es que sea “un problema”, no estamos ante una bazofia execrable ni mucho menos. Pero… ¡es el argumento de Freaky Friday! El famoso plot del traspaso de una mente a un cuerpo que no es el suyo que sucede simultáneamente en dos personas, y cada una empieza a alterar drásticamente la vida de la otra cuando “posee” el cuerpo que no le corresponde. Eso lo vi en películas, en series, en comics (me acuerdo de Superior Spider-Man)… Es un argumento que de novedoso tiene poco y nada, como el neoliberalismo de equitativo o el macrismo de transparente.
Por supuesto, el argumento está ahí para sostener un guión, y el guión combina aciertos y torpezas. Lógicamente a Makoto Shinkai se le ocurre poner en juego elementos que no vimos en otras historias al estilo Freaky Friday y algunos me resultaron ingeniosos o copados. El contrapunto entre el pueblito agreste en las montañas y la gran ciudad, por ejemplo, le funciona muy bien. Se trata de un manga de tres tomos, con lo cual los autores no tienen apuro en explicar las causas de este switch entre la adolescente del pueblito y el joven de la ciudad, ni en aclararnos qué vínculo existe entre ellos como para que sean los elegidos para protagonizar este extraño fenómeno ¿mágico?. Pero la verdad es que el final del Vol.1 cierra en un punto en el que ciertamente la historia podría terminar (dejando abiertos un par de interrogantes, claro). Sumémosle el hecho de que en general (con la eternamente repetida excepción de Bakuman) los mangas protagonizados por colegialas me tienen los huevos al plato y la respuesta es no. Muy lindo el trabajo de Ranmaru Kotone, pero no te compro ni a palos los dos tomos que me faltan.
Vamos con La Guarida del Gusano Blanco, un libro en el que el guionista Armando Fernández y el dibujante Sergio Ibáñez adaptan al comic tres relatos del siempre vigente Bram Stoker. La Virgen de Hierro y La Joya de las Siete Estrellas son historietas cortitas, bien efectistas, un poco obvias para cualquiera que haya leído muchos números de Creepy. Mucho clima oscuro, un avechucho que se pasa de vivo, y finalmente un castigo sobrenatural para la codicia o la crueldad desmedidas. Nada nuevo bajo el sol.
Por suerte Fernández e Ibáñez se toman 48 páginas para adaptar La Guarida del Gusano Blanco, y ahí sí, hay margen no sólo para conjurar un clima espeso, ominoso, más tétrico que una economía tercermundista en manos del FMI, si no también para más desarrollo de personajes, para más vueltas de tuerca que te desorientan, que te hacen suponer que la historia va para un lado cuando en realidad va para otro. Eso hace que incluso un guionista a mi juicio muy limitado como Armando Fernández mantenga el interés del lector a lo largo de toda la obra, incluso cuando hay páginas groseramente sobrecargadas de globos de diálogo interminables, que quizás en una novela queden bien, pero en una historieta te dan ganas de pegarte un corchazo.
La historia de Stoker tiene un problema grosso, que es el final. No hay forma de que Adam (el protagonista) liquide a ese mega-monstruo gigantesco con poderes místicos tremendos con sólo arrojarle un hacha. Sos un tipo común y corriente, en tu vida te enfrentaste a una criatura sobrenatural, decís todo el tiempo que no creés en mitos ni leyendas fantásticas… y de pronto se te viene al humo un híbrido entre Godzilla y una formación del Sarmiento, blanco, con cientos de dientes… Ni se te ocurre mirar al piso a ver si ves un arma para tirarle. Vomitás, te meás, te cagás, te desmayás, o te da un bobazo, de una. Cero chances de hacerle un aguante. Y sí, ese WTF?!? del final logra deslucir bastante los méritos de una trama que hasta ese punto me había cautivado.
El dibujo de Sergio Ibáñez me gustó bastante. Como en todo relato de terror decimonónico, se filtra esa impronta tan típica del maestro Horacio Lalia, especialista en adaptar a la historieta los cuentos fantásticos de los grandes escritores cuya obra entró al dominio público. Pero por suerte Ibáñez no se queda en seguirle los pasos a Lalia: también pone mucho de su propia cosecha, y por momentos pela recursos que me hicieron recordar los grandes trabajos de Barry Windsor-Smith. Lo que más llama la atención, sin embargo, es el tratamiento de los grises que propone Ibáñez, con una cantidad de matices impresionante, que le permiten lograr una enorme variedad de efectos de iluminación, que a su vez son importantísimos a la hora de acompañar los climas que sugieren los textos de Stoker. Un trabajo sólido, sobrio, quizás superior a la media de lo que produce Ibáñez para las antologías italianas de la editorial Aurea.
Si sos fan de Bram Stoker y ya leíste la suficiente cantidad de adaptaciones al comic de Drácula, muy probablemente te enganchen estas reversiones de otros relatos clásicos del seminal escritor irlandés. La edición está muy cuidada, con un papel de primera y una muy buena introducción del siempre afilado Ariel Avilez.
Y hasta acá llegamos. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 18 de mayo de 2018

MUY LINDO VIERNES

Ahora se largó a llover, pero hasta hace un rato tuvimos un día sumamente agradable acá en Buenos Aires, y en mis viajes por la ciudad aproveché para liquidar un par de libritos más.
Arranco en 2012, cuando Alan Moore y Kevin O´Neill ponen fin a Century, la trilogía de la League of Extraordinary Gentlemen cuyas dos primeras partes vimos recientemente en este espacio. Ambientada en 2009, esta tercera parte de la saga es la más rara de las tres. Es un comic claramente crepuscular, en el que los 40 años transcurridos desde el episodio anterior han sido realmente funestos para los protagonistas (tres personajes que, por distintos motivos, no mueren ni envejecen), que ahora están baqueteados, cansados, hechos mierda, más desfasados que nunca con la época en la que les toca vivir. En este último tramo, la acción pierde por goleada frente a otros temas que a Moore le interesa explorar, básicamente los cambios en la sociedad, el retroceso de aquella Londres luminosa y efervescente de 1969 a una versión oscura, desangelada, con menos onda que el batero de U2.
Por las calles de Londres (donde transcurre el grueso de la novela), Moore y O´Neill nos invitan a cruzarnos con decenas personajes de ficción, de los cuales por supuesto reconocí a muy pocos. Pero se hacen sentir las presencias de criaturas tomadas de tres mitologías surgidas en el Reino Unido que hoy gozan de gran popularidad: la de Harry Potter, la de James Bond y la de Dr. Who. De hecho, cuando finalmente Mina y sus adláteres confrontan con el Anticristo (cuyo nacimiento intentaron impedir en los tomos anteriores) este tiene los rasgos de… nah, mejor no te lo cuento. Y cuando queman las papas y nada de lo que hacen los héroes alcanza para evitar la hecatombe, aparece sin ninguna explicación otro personaje ficticio de raíces británicas: una especie de Mary Poppins hiper-poderosa, que resuelve todo muy rápido y a la que Moore ni se calienta en explicar.
Otra vez hay canciones metidas en el medio del relato, esta vez cantadas por los propios protagonistas, como para enrarecer más el clima. También hay un epílogo (las últimas tres páginas) hermoso y conmovedor, algo de sexo, algo de droga, algo de rockanrol, finas pinceladas de mala leche, una atmósfera de amargura y desolación, y la sensación de que estas tres novelas de 80 páginas se podrían haber sintetizado en una sola, de 160, ponele.
Pero por sobre todas las cosas, hay 80 páginas más nacidas del lápiz insuperable de Kevin O´Neill, un narrador gráfico descomunal, uno de los artistas que mejor combinan el virtuosismo en el dibujo con el talento en la composición de las viñetas, en el armado de las secuencias, en la creación de los climas, en el cuidado en los fondos, repletos de detalles fascinantes, de referencias que andá a saber si estaban en los guiones que le entregó el Mago. Los pocos personajes que llegan al final de Century terminan tan castigados, que no se me ocurre qué pueden llegar a hacer con ellos Moore y O´Neill en la próxima saga. Pero obviamente voy a estar ahí para averiguarlo porque estos dos monstruos siempre tienen un as bajo la manga y son garantía de historietas fuertes, cautivantes y pensadas para hacerte pensar.
Salto a 2017, cuando en Argentina se publica Pipo y Bartolo, una novela gráfica apuntada al público infantil, a cargo de Guido Barsi (de quien me tocó leer dos historietas el año pasado) y Darío Reyes, un dibujante correcto, prolijo, que trabaja en una línea cercana a la de Pier Brito. A lo largo de unas 50 páginas a todo color, el dibujo de Reyes acompaña sin sobresaltos al guión, sin tirar magia, sin asumir riesgos y sin obstaculizar el fluir del relato. Detalle no menor, ya que al tratarse de una obra apuntada a los chicos, es de vital importancia la claridad y la fluidez en la narrativa.
En todo caso, el que asume riesgos es el guión de Barsi, que plantea una intrincada paradoja temporal, con viajes en el tiempo y personas que se encuentran cara a cara con la versión futura (o pasada) de ellos mismos. Esto no resulta para nada confuso, cualquier pibe de ocho o nueve años lo puede entender de manera clara, casi automática. La resolución del conflicto central es un poco simplista, pero bueno, me parece que la idea del guionista era no prodigarse en escenas violentas. Y sí, suena todo bastante inverosímil, pero estamos hablando de viajes en el tiempo, de un perro que habla y de una mochila que funciona como un anillo de Green Lantern.
Lo único que no me terminó de cerrar son los chistes: casi ninguno me causó la menor gracia. Barsi adorna la trama con pinceladas de humor tanto físico como verbal (como indica ese manual infalible que escribió Hergé en las aventuras de Tintín) pero por lo menos en mi caso, no lograron el efecto deseado. De todos modos, se valora el esfuerzo de crear una aventura para chicos que toca un tema interesante, que no se queda en la peripecia pavota y que apela a recursos copados de la ciencia-ficción.
La seguimos la semana que viene. Grazie per tutti y buen finde.

miércoles, 16 de mayo de 2018

TRIPLETE DE MIERCOLES

Con los días que pasaron desde la última vez que reseñé comics, tendría que tener más de tres libros leídos, pero no pudo ser. El obstáculo fue, precisamente, un comic, que a priori parecía una lectura livianita, para devorarse las casi 350 páginas en un par de horas, pero resultó una lectura ardua, complicada, por momentos muy frustrante, que me obligó a frenar muchas veces, incluso sin la certeza de juntar el aguante para llegar al final.
Me refiero a la edición argentina de Ghost in the Shell, el manga que allá por 1990 consagró a Masamune Shirow. La edición de OVNI es preciosa: me encantaron el tamaño, el papel, las sobrecubiertas, la calidad de la impresión… hasta la traducción (más allá de algún diálogo que suena poco natural al oído argento) se me hizo sumamente aceptable. El dibujo de Shirow es una exquisitez, por supuesto muy influenciado por Hayao Miyazaki y en menor medida por Katsuhiro Otomo, pero realmente excelente. En las páginas a color, el placer estético se multiplica aún más, y el mangaka tira una magia digna de esos autores europeos que sólo entienden la historieta a todo color y manejan unas técnicas alucinantes.
Los problemas están en otro lado. Yo nunca había leído Ghost in the Shell: había visto la adaptación animada (dirigida por el inmenso Mamoru Oshii), pero no me acordaba nada. Bah, me acordaba algo muy difuso, demasiado distinto a lo que leí en el manga. Acá me encontré con guiones realmente ilegibles. La cantidad de texto, la cantidad de viñetas por página, la cantidad de información (verbal y visual) que Shirow pretende meter en cada página, hacen de este manga una especie de infierno. El dibujo está tan sobrecargado que resigna buena parte de su función narrativa y en un punto conspira contra el fluir del relato. Esos globos gigantescos, en los que los personaje mandan textos que parecen monólogos de Enrique Pinti, esas viñetas microscópicas en las que Shirow los dibuja en versiones super deformer… Obstáculos y más obstáculos para esa lectura ágil y dinámica que uno asocia con el buen manga.
Me parece que el principal problema es que el autor inventó un mundo complejísimo, lleno de detalles fascinantes que tienen que ver con la tecnología, la política, la sociedad, incluso la sexualidad… Shirow (como los buenos autores de ciencia-ficción) se aferró al futuro para hablar del presente y desarrolló un marco impresionante, pero no lo supo amalgamar con un manga de aventuras y espionaje salpimentado con algo de comedia y sutiles pinceladas de erotismo. Felizmente en el último tercio de la obra los guiones mejoran un poco, el dibujo se suelta un poco más, hay menos viñetas por página, menos densidad de texto (¡esas notas al pie, la puta madre, me quieren dejar ciego!), hasta que llegan esas 10 ó 12 páginas previas al epílogo, donde Shirow vuelve a derrapar hacia el exceso. En fin, me gustó tanto el dibujo, que si me recomiendan alguna otra obra de Shirow donde los guiones sean menos torpes, menos sobrecargados, casi seguro le entro.
Breve glosa para el Vol.8 de Escuela de Monstruos, siempre dibujada como los fuckin´dioses por ese animalito salvaje (domes-
ticado por obra y gracia de sus años en la revista Billiken) que es El Bruno. Este tomo no tiene un gran guión, me quedó claro de movida, pero mantiene la gracia en los diálogos y es importante a futuro, porque acá pasa lo que el principal villano de la serie viene planeando hace un montón de tomos: finalmente Maligno captura a los monstruitos para exhibirlos en un circo de freaks. Y si bien al final (lógicamente) le sale todo mal y ganan los buenos, es probable que esta aventura sirva para replantear el rol del villano, o para eliminarlo de la serie y que aparezcan otros. Veremos qué tiene pensado El Bruno para mantener atrapados a sus hordas de fans de todas las edades.
Y cerramos con Legado de Sombras, otra novela gráfica de autores argentinos publicada en 2017, esta vez con guión de Gastón Flores (habitual colaborador de Términus) y dibujos de Pablo Ayala (a quien vimos hace un par de años en la antología Purple Comics). Se trata de una obra muy jugada a los climas, que transcurre casi toda en una única locación (por momentos uno parece estar viendo una obra de teatro) y a la que le falta acción. Los personajes hablan muchísimo (en el epílogo hay tres páginas brutalmente sobrecargadas de globos eternos) y hacen muy poco. Flores no encontró la forma de darle a la historia una impronta más visual, le faltaron recursos para contar con imágenes (no con diálogos) todo este asfixiante conflicto entre la joven Tessa y sus poderosos ancestros. Así es como una idea que a priori tenía bastante atractivo se va disolviendo, se diluye entre esas escenas donde sólo hay gente que se amenaza, se enrosca o se explica cosas.
Las pocas viñetas en las que predomina la acción no están debidamente enfatizadas por el dibujo de Ayala, a quien obviamente le queda más cómodo lo otro, la construcción de una atmósfera ominosa que le agregue misterio y ambigüedad al relato. Ayala maneja un estilo de realismo fotográfico, combinado con una muy buena técnica de retoques y color digital para las fotos que toma como referencia. En sus mejores momentos, me recordó a los dibujantes de estilo pictórico que se pusieron de moda en EEUU a fines de los ´80 y principios de los ´90 y no, Ayala no está cerca de ser el nuevo Kent Williams, George Pratt o Jay Muth, pero si le pone pilas a ese camino (y no cede a la tentación de convertirse en un triste Juan Carlos Flicker), es probable que llegue en unos años. Me gustaría ver nuevos trabajos de este artista y sí, tengo otra obra escrita por Gastón Flores en el pilón de los pendientes, así que pronto volveremos a hablar de él.
Como siempre, hasta acá llegamos por hoy y volveremos pronto, ni bien tenga nuevos libros leídos y listos para ser reseñados acá en el blog. Gracias por estar.

lunes, 14 de mayo de 2018

DEADPOOL 2

Sí, pasaron más de dos años desde aquel día en que me fui del cine con las mandíbulas doloridas de tanto reirme y no, en este tiempo no cedí a la tentación de leer comics de Deadpool. Aún sin entrar en ese paco del Noveno Arte, esperaba muy cebado la segunda película del mercenario bocón, simplemente por lo bien que lo pasé con la primera (ver reseña del 04/02/16).
Creo que la segunda me gustó más. De nuevo, lloré de la risa. Pero creo que esta vez está mejor combinada la joda con la trama aventurera, la cual no está exenta de un carácter dramático, jodido, que le permite a los guionistas abordar un tema bastante espeso como es el de… mejor no te lo cuento, por las dudas. Deadpool 2 no se parece a ninguna película de superhéroes, pero abreva mucho más que su antecesora en el enorme potencial del género. Un punto a favor de esta secuela es sin dudas su mayor integración con la franquicia X-Men, que arranca con un monólogo sobre Logan (la peli de 2017) y sigue hasta el final. A las apariciones de Colossus y Negasonic Teenage Warhead se suman Cable (otra vez notable Josh Brolin), Domino (interpretada por Zazie Beetz, una bomba atómica), una formación bizarra de X-Force con personajes tomados de distintas etapas y distintos títulos mutantes, una versión también muy distinta de la original de Russell “Rusty” Collins, más escenas en la mansión que sirve de escuela a Charles Xavier, y dos villanos a los que no pienso nombrar porque en los trailers no los muestran. Uno de ellos está perfecto y quiero que vuelva cuanto antes, sea en Deadpool 3, o en la próxima peli de los X-Men.
A lo largo de dos horas, el director David Leitch mantiene un ritmo frenético. Todo el tiempo pasan cosas impresionantes, sin descuidar el desarrollo del personaje central. Buena parte de la peli consiste en que Deadpool se replantea cosas. Parece que no, que son todos tiros, espadazos y chistes, pero hay mucha introspección, mucha indagación en la psiquis del personaje y en las consecuencias de sus actos y omisiones. No es un guión escrito así nomás, para sacudir al espectador con escenas de alto impacto, barnizadas con una dosis escalofriante de puteadas y chistes de pijas y culos. Hay un dilema moral fuerte (Cable viene del futuro a matar a un pibe de 13 años que décadas más tarde será un villano infinitamente turro), hay vueltas de tuerca impredecibles… La verdad que el trabajo de los guionistas Rhett Reese y Paul Wernick me resultó ampliamente satisfactorio.
Y los chistes… De nuevo me hicieron doler las mandíbulas, estos hijos de mil putas. No sólo la violencia es graciosa, no sólo hay chistes (como ya dije) de temática sexual, racial, escatológica, religiosa… También hay que manejar una vasta erudición nerd para pescar los chistes referidos a películas, series de TV (de superhéroes y de las otras), música de los ´80 y hasta comics. Obviamente algunos me dejaron totalmente en offside y otros me hicieron partirme al medio a carcajadas. Pero con los que entendí (los de pelis de superhéroes, música ochentosa y comics) me alcanzó y me sobró para aplaudir muy fuerte al final.
En la banda de sonido me encontré con hitazos de A-ha, Pat Benatar, Peter Gabriel, Cher y Air Supply (entre otros), todos muy bien embocados, en los momentos justos. Hay dos cameos increíbles de sendos actores de primera línea, uno de los cuales jamás me vi venir. Y ni bien termina la primera tanda de créditos se viene un epílogo (no es una escena, son varias una atrás de otra) que le pega un último giro magistral a esta película, a la historia de Deadpool en el cine y hasta a la carrera de Ryan Reynolds. No se me ocurre cómo podría ser mejor ese último tramo.
Recomiendo enfáticamente esta película, sobre todo a los que (como yo) no leen comics de Deadpool. Que el prejuicio no les impida disfrutar de este glorioso festival de machaca, humor y guarangadas. Paradójicamente, esta quizás sea la película más comiquera de todas las que intentan trasladar al Séptimo Arte las aventuras de los héroes y heroínas del Noveno. Ah, y no lleven a los pibes. Esta es otra peli bien para adultos, como la anterior de Deadpool y la tercera de Wolverine. Ojalá les guste tanto como me gustó a mí.

viernes, 11 de mayo de 2018

TRIPLETE DE VIERNES

¿Lo peor ya pasó? Una mentira más del felino doméstico. Lo peor se viene ahora. Agarrate fuerte, porque va a doler. Por suerte tengo un buen canuto de comics para que no falte lectura en los tiempos aciagos que se avecinan.
Arranco con el Vol.2 (jamás vi el Vol.1) de Orgasmos Cotidianos, una serie humorística escrita por Xavier Costa y dibujada por Alfonso López que se publicaba en El Jueves, supongo que a fines de los ´80 porque el recopilatorio es de 1991. Casi todas las historietas tienen dos o tres páginas (hay también de una y de cuatro, pero son poquitas) y giran en torno a situaciones casi verosímiles de la vida cotidiana, en las que el sexo tiene un rol preponderante. Cuernos, orgasmos, disfunciones eréctiles, perversiones bizarras, confusiones típicas de comedia en las que alguien se termina empomando a la persona incorrecta… Distintos recursos con los que juega Costa para generar comicidad, casi siempre con buenos resultados.
Pero la verdad es que los argumentos quedan relegados a un irrelevante cuarto o quinto plano, porque Alfonso López pela en estas páginas un virtuosismo gráfico devastador. Son comedias de tetas, pija y culo, podrías tirarte un poco a chanta, total la gilada se va a divertir igual… No, olvidate. López va al frente como una topadora, hace subir a los laterales, manda a cabecear al arquero, te tira con toda su artillería y logra que esta colección de historietas menores, de tono pasatista, se vuelva indispensable para todos los que somos fans de este increíble artista. Dibujo, color, narrativa, TODO es perfecto en Orgasmos Cotidianos. Una cátedra de buen gusto, de criterio estético, de expresividad, de plasticidad, de generosidad gráfica, a cargo de un genio del lápiz y el pincel, que además se supera a sí mismo en lo que tiene que ver con la observación de los detalles: ropa, peinados, autos, calles, muebles… López logra que todos estos elementos que vemos todos los días en la realidad, cobren en sus páginas una dimensión nueva, absolutamente fascinante. Un exceso de talento, posta.
Salto a Chile, donde en 2016 se publica la segunda aventura de Celeste Buenaventura (la primera la vimos el 21/04/14). Esta vez la novedad es que el guión de Marco Rauch no lo dibuja Gonzalo Martínez sino otro virtuoso fuera de serie (y seguidor de este blog) de apellido López: Rodrigo López, de quien también vimos varios trabajos en reseñas anteriores. No me parece copado comparar el trabajo de Rodrigo con el de Gonzalo, sino más bien subrayar su gran calidad gráfica, su pasmosa solvencia narrativa y la facilidad con la que López simplifica un poco su trazo para hacerlo más accesible a los lectores y lectoras más jóvenes, que son el público al que apunta Celeste Buenaventura.
En la reseña del Vol.1, yo decía que Rauch ponía en juego una cantidad increíble de personajes tomados de la mitología trasandina, sin guardarse nada para la secuela. Y claramente me equivoqué, porque en esta segunda entrega, el elenco de personajes de raíz mítica o tomado de leyendas populares chilenas, se vuelve a engrosar. Se nota que a Rauch lo apasiona el tema de los mitos y leyendas de su país, y felizmente encontró la forma de integrar todos esos elementos a una aventura simple, lineal, con la complejidad justa para cautivar al público adolescente que se copa con Harry Potter, por ejemplo. Para mi gusto, le falta un poquito más de chispa a los diálogos, aunque probablemente eso se deba a que lo estoy leyendo en un país que está al lado de Chile, pero donde se habla muy, muy distinto. Ojalá haya más aventuras de Celeste Buenaventura, y ojalá las dibuje todas Rodrigo López, que está en un momento extraordinario.
Y termino en Argentina, en 2017, con otro virtuoso del dibujo, Pedro Mancini. El nuevo trabajo de Mancini (titulado Detrás del Ruido) nos propone internarnos en la infancia de William S. Burroughs, mítico escritor del cual confieso no haber leído un puto párrafo. Pedro, en cambio, demuestra ser un fan exhaustivo del autor y haber consumido no sólo sus obras, sino incluso una buena cantidad de entrevistas, en las que Burroughs revela detalles de su niñez.
El libro tiene un solo problema: se lee demasiado rápido. Lo empezás en la estación Juramento y lo terminás antes de llegar a Scalabrini Ortiz. Esto es producto de la decisión del autor de narrar con la mínima cantidad de texto posible, con diálogos muy escuetos y silencios muy extensos, que obviamente resultan fundamentales para la atmósfera que quiere conjurar Mancini. Los cuatro primeros relatos son una especia de Little Nemo in Slumberland versión freak, retorcida y bizarra. El pequeño Bill recorre parajes surreales (magníficamente dibujados), a veces dormido, a veces drogado y a veces simplemente fruto de su cuelgue natural. Y en algún momento, el trip se termina y vuelve al plano de la realidad, a interactuar con familiares a los que Mancini no les da mayor relieve.
A partir de la quinta historia, se terminan esos paseos oníricos pero la bizarreada continúa, y se hace más psicológica, en un punto más perturbadora. La máscara (elemento muy frecuente en las historias iniciáticas como esta) le agrega una capa de profundidad a la desconexión del personaje con el mundo que lo rodea; una desconexión que Mancini exacerba a tal punto que uno ya considera al joven Bill un ser humano totalmente anormal, incapaz de insertarse en la sociedad ni como escritor rupturista ni en ninguna otra función.
Me imagino que a los fans de Burroughs esto les debe parecer fascinante. Yo, en cambio, hice lo mismo que hago cada vez que no logro conectar con los guiones: me dejé llevar por el clima y disfruté a lo bestia de la faz gráfica, en la que Mancini no se guarda nada de su impronta ni de su magia.
Volvemos pronto, con nuevas reseñas, no sé si de comics o de Deadpool 2, cuya función de prensa tengo agendada para el lunes.

miércoles, 9 de mayo de 2018

TRASNOCHE DE SUPERHEROES

Hacía bastante que no leía comics de superhéroes, no? Bueno, hoy voy con dos.
Arranco a principios del 2000, cuando Dan Jurgens se hace cargo de los guiones de Captain America para iniciar una etapa bastante interesante, luego republicada en tres tomos. El Vol.1 empieza con dos sagas dibujadas por Andy Kubert, en un estilo estridente, pasado de rosca, más al palo incluso que en aquella etapa de Ka-Zar que vimos hace un tiempo. Por suerte el esfuerzo de Kubert por impactar todo el tiempo al lector no se convierte en un obstáculo para que la narrativa fluya, pero en un punto se contrapone un poco con estos primeros guiones de Jurgens que son muy clásicos. Las dos sagas que dibuja Kubert (una con Falcon contra el Hate Monger y una con Ka-Zar contra el Count Nefaria) me dejaron gusto a poco, pero me parece que tiene más que ver con los guiones de Jurgens que con los dibujos de Kubert. Aún así, a lo largo de ambos arcos, Jurgens se ganó mi confianza con los subplots: el de Sharon Carter, el de Protocide y el de Connie Ferrari, el nuevo interés romántico del Capitán.
En el anteúltimo episodio de este TPB, el primero dibujado por el propio Jurgens, el plot de Protocide cobra protagonismo y cuando parece que el autor se va a concentrar en eso, tenemos un último episodio que derrapa, que agarra para otro lado y termina siendo bastante mediocre. Lo mejor del TPB, paradójicamente, es un unitario en el que Jurgens desactiva un rato los subplots para contarnos una historia ambientada en la Segunda Guerra Mundial. Es un episodio bien clásico, simple, efectivo, atemporal, a años luz de la mayoría de los comics que surgían del mainstream en el 2000, muy jugado a la emoción y dibujado como los dioses por el gran Jerry Ordway.
A partir del Vol.2, vamos a tener a Jurgens como autor integral en casi todos los episodios, y no, ni en pedo Captain America va a llegar al nivel que en esta misma época Jurgens nos regaló en Thor. Pero con la saga de Protocide y otras aventuras (que leí hace mil años y ahora no me acuerdo), y con los dibujos siempre decentes del hombre que boleteó a Superman, esta serie va a mantener una calidad más que aceptable (creo), desde un enfoque bastante tradicional, bien superheroico, sin saltos al vacío, lo cual en esa época no era poco.
Allá por el 24/11/15, me tocó leer el Vol.1 de Jellykid y me pareció muy flojito a nivel guión. Hoy, con 117 páginas más leídas, no sé si Franco Viglino mejoró como guionista, o si me pareció mejor porque entré esperando menos. Un aspecto en el que definitivamente este tomo sumó puntos es el de las escenas de acción, que en el Vol.1 escaseaban bastante. Estos episodios se acercan un poco más al típico comic de superhéroes apuntados al público adolescente, en lo bueno y en lo malo. Si no fuera porque los personajes se tratan de vos, uno se podría convencer de que Jellykid es un comic yanki, al que se olvidaron de ponerle color.
Viglino está absolutamente afianzado en su estilo gráfico y no falla nunca en la narrativa. Cuenta la historia con buen ritmo, sabe meter las pausas, sabe dónde y cómo impactar. Le falta simplemente ser mejor guionista, o formar dupla con un guionista un poco más curtido. Eso va a potenciar a Jellykid, a despegarlo de las fórmulas más obvias, más trilladas, a darle antagonistas, conflictos, personajes secundarios y diálogos más originales, más frescos, más atractivos.
Por supuesto me doy cuenta de que Jellykid es un comic apuntado a chicos de 12 a 15 ó 16 años, lectores en su mayoría neófitos, que seguramente no compararán la labor de Viglino con la de los grandes maestros (clásicos o vanguardistas) del comic de superhéroes. Pero uno que leyó, que conoce más o menos cómo funciona el género, le encuentra a Jellykid esa falla: la falta de originalidad, de riesgo, de ganas de dejar una marca en la historieta ya sea argentina o global. Claramente a nivel visual, Viglino tiene con qué imponer un estilo. Sería un golazo que a nivel argumental pudiera levantar el mismo vuelo (o alcanzar la misma profundidad, ya que buena parte de las aventuras transcurren bajo el agua).
Volvemos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

lunes, 7 de mayo de 2018

EL VOLCAN

Otra antología superpower, con casi 300 páginas y un montón de autores para descubrir o para seguir disfrutando. Y además un nuevo viaje a esa dimensión paralela en la que la historieta sólo se puede materializar a través de autores integrales, nunca a través de duplas integradas por guionista y dibujante. Esa dimensión en la que los autores no necesitan de la imaginación ni de la ficción, porque creen que a los lectores les interesan los “relatos” acerca de su infancia, sus viajes, sus anécdotas nimias, sus idas y vueltas con los pibes o minas de los que se enamoraron… Esa dimensión en la que la narrativa y el lenguaje propios de la historieta pierden preeminencia frente al talento para la ilustración, en la que muchas veces alcanza con “dibujar lindo”, o con desplegar una estética novedosa y rupturista, aunque la historia en sí no se entienda un choto, o se entienda, pero no vaya a ningún lado.
Por suerte, si algo demuestra este libro (compilado por José Sainz y Alejandro Bidegaray) es que el comic alternativo latinoamericano es muy amplio en sus propuestas, no hay una uniformidad de estilos, aunque podamos detectar algunas tendencias en las temáticas. Felizmente incluso dentro de este sector extraño (y siempre dinámico) como es el under, hay casi para todos los gustos. El Volcán ofrece material de autores que tienen décadas de trayectoria (Max Cachimba, Diego Parés, Frank Arbelo, Fabio Zimbres, David Galliquio), mezclados con chicos y chicas que andá a saber si tienen 100 páginas dibujadas en su vida, y con muchos de los de la camada que irrumpió con fuerza alrededor de 2005 e impulsó la expansión y la renovación de la historieta de nuestro continente.
¿Mejor historieta del tomo? Creo que me quedo con la de Frank Vega, uno de los que supo combinar realismo con delirio, con una ficción sólida, atrapante y dibujada como la hiper-concha de Dios. Arbelo, sin dudas, sube al podio. Y Parés también, la clava en el ángulo.
¿La sorpresa más grata? Voy con Martín López Lam, a quien no conocía y me encantó. Como muchas de estas historietas, la de este autor peruano termina en un punto… extraño, no llega a un remate potente. Pero igual está muy bien, cumple ampliamente su objetivo y deslumbra tanto en dibujo como en narrativa. El mexicano Pachiclón es el otro al que no tenía en el mapa y me gustó bastante.
¿Lo más bizarro? Las historietas de los autores brazucas no están traducidas del portugués. O sea si que las podés leer en portugués, joya. Y si no entendés ese idioma, cagaste.
¿Lo más choto? Los mismo que en DisTinta: los autores que no se tomaron el laburo de preparar algo inédito para la antología. Jesús Cossio y Jorge Pérez Ruibal, por ejemplo, son dos autores peruanos que me encantan, pero no quiero leer material que ya tengo en otras publicaciones. Entreguen algo nuevo o déjenle el espacio a otros colegas, no sean garcas. ¿O me vas a decir que sin una historieta de Pérez Ruibal el libro no se vende? No jodamos…
Después tenemos una extensa lista de nombres que entregaron trabajos interesantes desde lo visual pero flojos de papeles a nivel argumento, o carentes del mismo. Algunos aún así me resultaron copados (el de Maco, el de Marco Tóxico, el de Joni B., el de Amadeo Gonzáles, o el de Cachimba) y otros no. Me gustaron bastante los dibujos de Rodrigo La Hoz (obvio), Diego Gerlach, Eduardo Yaguas (una belleza, consíganle urgente un guionista), Jaca, Edwards Brends, Juan Vegetal, Maliki, Truchafrita… y también hay muchos artistas increíbles cuyos estilos no se ven muy compatibles con la intención narrativa que (para mi gusto) debería tener cualquier historieta, por más vanguardista que sea. Inés Estrada, Muriel Bellini, Amanda Baeza, La Watson, Mariana Gil Ríos, Mónica Naranjo Uribe, Pedro Franz… bestias de la plástica, la ilustración o el diseño, con técnicas asombrosas pero en otra sintonía, muy lejos de lo que a mí me engancha para leer un comic, que es la dinámica entre texto e imagen.
Ah, un parrafito para Jazmín Varela, cuya novela gráfica Guerra de Soda comenté hace poco (16/04/18) y me resultó totalmente alienígena: la historieta que aportó para El Volcán está mucho mejor. No me pareció genial, ni mucho menos, pero se ve una intención por trabajar mejor la narrativa, por armar mejor las secuencias e integrar mejor texto e ilustración. ¡Bien ahí!
Este libro es el resultado de 12 ó 15 años en los que la historieta latinoamericana de impronta autoral y autogestiva evolucionó muchísimo. Y en un sentido impredecible, sin quedarse en la búsqueda de la masividad a cualquier costo, ni en clonar a los referentes del comic alternativo de otras latitudes. El Volcán brinda un testimonio poderoso de esa evolución y eso lo hace merecedor de un lugar en cualquier biblioteca comiquera con criterio amplio, más allá de la calidad puntual de unas cuantas de las historietas que integran la selección.
Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

jueves, 3 de mayo de 2018

NOCHE DE JUEVES

Mientras los cráneos de la Pesada Gerencia siguen llevando al país al filo del abismo, yo sigo avanzando con mis lecturas.
A mediados de los ´90, su desmedido fanatismo por las armas de fuego llevó al mangaka Kazuichi Hanawa a violar las estrictas leyes japoneses acerca de este tema, y terminó primero frente a un tribunal y después condenado a prisión. Y lógicamente, convirtió esa experiencia en una serie de historietas, recopiladas en este libro llamado En la Prisión. Lo primero que sorprende es el virtuosismo gráfico de Hanawa, un dibujante extraordinariamente dotado para el dibujo realista, para recrear con su trazo los detalles más mínimos de lugares, vestimentas y objetos. El estilo de Hanawa es un poco más realista que el de Joe Sacco o Jesús Cossio, pero con la misma obsesión por el crosshatching y las texturas, y se ajusta a la perfección a lo que el autor se propone mostrarnos.
El problema es que Hanawa muestra, pero rara vez cuenta. Las historietas que integran este libro son más descriptivas que narrativas: se prodigan en minucias acerca de las edificaciones, los muebles y las costumbres de los presos, pero no hay un interés por contar historias. Básicamente, son historietas sin conflicto. Tienen un gran valor documental, porque te tiran muchísima data acerca de cómo se vive en las cárceles de Japón, aprendés sobre la comida, sobre la seguridad, sobre un montón de aspectos de la sociedad nipona… pero no hay una estructura dramática, ni siquiera se hace hincapié en el anhelo de Hanawa y sus compañeros de celda por terminar de cumplir la condena y recuperar la libertad. Las historias no avanzan hacia un fin, si no que terminan en cualquier lado… y no se hacen aburridas, ni intrascendentes, pero tampoco me involucraron ni me emocionaron. Por supuesto me hice fan de Hanawa porque no se puede dibujar así de bien. Espero verlo en otras obras, en las que se ponga las pilas para narrar. Y la verdad, me quedé fascinado con lo bien que viven los presos en Japón. Este libro va en el sentido totalmente contrario al de la mayoría de las historietas que transcurren en las cárceles (donde los autores suelen descender a las más abyectas fosas de la sordidez y la miseria humana) y eso es apenas uno de los aspectos que lo hacen único.
También la afición por las armas de fuego está presente en El Hombre Lobo, segunda novela gráfica de la dupla integrada por Alejandro Farías y Juan Bobillo, que una vez más adaptan al comic una pieza teatral del dramaturgo Eduardo Rovner. Para Farías y Bobillo, la segunda fue la vencida: si Viejas Ilusiones (reseñada el 14/06/17) me había dejado algunas dudas, El Hombre Lobo me las despejó.
Si no te espanta un toque que haya escenas con muchos diálogos, acá te vas a encontrar con una gran historia. El Hombre Lobo es mucho más que un largo in crescendo hacia una resolución sorprendente. Humor satírico muy fino, violencia, mala leche, sexo, paranoia… Con todos esos elementos Rovner teje una trama muy atractiva, en la que los personajes van cobrando relieve página a página. Los diálogos además de abundantes son ingeniosos, precisos, muy reales, y los dos personajes que se suman al trío inicial con la novela ya empezada, aportan muchísimo al desarrollo. Farías y Bobillo logran en esta adaptación lo que no lograron en la anterior: El Hombre Lobo se lee perfectamente como un relato pensado para el lenguaje de la historieta. No hace ruido, nunca te planteás que estás leyendo una obra creada para otro medio y luego transplantada al que nos gusta a nosotros.
Y como suele suceder, buena parte del mérito le corresponde al dibujo. Bobillo repite un rasgo que le criticábamos a Viejas Ilusiones (los globos grandotes, aunque el texto que contienen sea escueto) y mejora en todos los demás. El manejo de los grises es alucinante, la puesta en página está logradísima, las onomatopeyas (recurso 100% historietístico) tienen muchísimo impacto y toda la impronta gráfica de la obra, fuertemente marcada por un expresionismo furibundo, al filo de la salvajada, se disfruta enormemente y contribuye muchísimo a enrarecer el clima del relato. Muy recomendable.
Nada más por hoy. Vuelvo a postear muy pronto, ni bien tenga leídos un par de libros más. Será hasta entonces…

martes, 1 de mayo de 2018

OTRO TRIPLETE

Y otro feriado que aprovecho para ponerme al día con las reseñas…
Arranco en Francia, en 1996, cuando Thierry Cailleteau forma equipo con Denis Bajram para lanzar Cryozone, un comic de ciencia-ficción lanzado originalmente en dos álbumes de 46 páginas y editados en España en un único tomo por el sello 001. El argumento parte de una base muy interesante, que es la misma que vimos en 2016 en la película Passengers (esa en la que garchan Starlord y Mystique): una gigantesca nave terrestre que surca el espacio en un viaje de varios años luz rumbo a un nuevo planeta, llevando a miles de colonos criogenados, para que no mueran de viejos durante el viaje. Una falla técnica, gente que debería seguir dormida durante décadas pero se despierta de repente y un bolonki totalmente imprevisto. Hasta ahí, las similitudes entre este comic y la película que apareció 20 años después…
Cryozone tiene muchas más pretensiones de epopeya, y un clima mucho más de thriller. En buena medida porque los que despiertan de golpe, sin atravesar los procedimientos prescriptos para estos casos… se convierten en zombies. O sea que básicamente, tenemos un Apocalipsis zombie en un gran transbordador espacial lleno de gente. El planteo es interesante, hay una bajada de línea muy piola (“los malos” son una mega-empresa a la que la vida de esas miles de personas no puede importarle menos), el dibujo de Bajram cumple dignamente (sin ser un virtuoso, ni un distinto, ni un genio, ni nada), y el gran problema que tiene Cryozone es que Cailleteau se va al carajo con los diálogos.
Las viñetas se ven copadas por enormes globos de diálogo, donde leemos extensas explicaciones, debates, conjeturas… Un poquito está bien, pero en esas cantidades, lo que logra Cailleteau es que, ni bien te cae la ficha de por qué pasa lo que pasa, te empieces a saltear esos masacotes de texto, sin los cuales tambièn se entiende (y se disfruta) la historia. De hecho, cuando Cailleteau encuentra la forma de que sea la acción la que hace avanzar la trama, Cryozone muestra un muy buen ritmo, potenciado por escenas muy violentas, de un impacto infrecuente en el comic franco-belga. Al final, los autores deciden que tienen que ganar los buenos, y la trama pega una voltereta medio inconsistente, pero bueno… tampoco es un delirio, estamos hablando de una historia con zombies en el espacio exterior… Para pasar un rato, no está mal.
Salto acá cerca, a Chile, donde en 2011 aparece un libro muy voluminoso, que recopila todos los números de la revista Informe Meteoro (publicados entre 2005 y 2008), junto a bastante material inédito. El subtítulo del libro es “Crónicas del Reino de Chile” y ahí está su talón de Aquiles: las historietas son breves comedias, algunas muy bizarras, en general bastante ingeniosas, en las que un chileno común y corriente convive con dos alienígenas, y juntos comentan o se involucran en temas entroncados en la actualidad del país vecino, en los años en cuestión. O sea que todo el tiempo se suceden las referencias a la política, la sociedad, el deporte, la cultura y la farándula chilenos de 2005-2008, referencias que uno en su mayoría desconoce. Esto le resta mucha gracia a los chistes y hace que algunos episodios se vuelvan directamente crípticos.
Lo más interesante que tiene este libro es que funciona como catálogo de autores. Los creadores de Informe Meteoro, los que delinearon la historia básica de Aldo, Yelson y Lomax, son Esteban Chacón y Huicha. Pero hay muchísimas historietas en las que no participan ninguno de los dos, y todos los autores que meten mano aprovechan la posibilidad de dibujar a los personajes con total libertad, en estilos muy distintos. Así, la faz gráfica del libro resulta muy cambiante, con algunos momentos muy altos. Cada vez que dibuja Huicha, el nivel gráfico sube notablemente. Pobre flaco, se fuma guiones repletos de texto, que lo obligan a meter muchas viñetas chiquitas, sobrepasadas de globos. Pero ese trazo perfecto, con reminiscencias de Moebius, le permite salir airoso. Después aparece Nico Silva y destruye todo: este dibujante es un verdadero genio, con un trazo más cercano al de Robert Crumb y un talento narrativo descomunal. Y completa el podio Ítalo Ahumada, una bestia del estilo académico-realista, a quien ya nos cruzamos en varias publicaciones chilenas reseñadas en el blog. Otros dibujantes que me gustaron mucho son Gatón, Grotesco (una especie de Ernán Cirianni trasandino) y Traslaviña, un mash-up perfecto entre Jim Davis y Skip Williamson.
Y termino en Argentina, donde en 2017 se editó el segundo álbum de Max Hell, la galardonada creación de Guillermo Höhn y Pablo Tambuscio apuntada al público infantil. Hace poco más de un año (el 25/03/17) comentábamos el Vol.1, y la verdad es que es poco lo que hay para agregar. La trama avanza a un ritmo muy ganchero, sin tropiezos ni volantazos bizarros, y si hubo algo que me llamó la atención fue el diseño de personajes. Este era un rubro en el que Tambuscio me sorprendió muy gratamente cuando leí el Vol.1, y que esta vez mejora aún más, para alcanzar un nivel realmente superlativo. Una muy linda lectura para compartir con los más chicos, sean hijos, sobrinos, ahijados o mascotas bípedas.
Y hasta acá llegamos. Ni bien tenga más material leído, se vienen nuevas reseñas, acá en el blog. Por suerte ya tengo solucionado el problema de la computadora, con lo cual ya estamos subiendo contenidos tanto al sitio web de Comiqueando como a nuestro canal de YouTube. Gracias por el aguante y hasta pronto!