el blog de reseñas de Andrés Accorsi

jueves, 22 de junio de 2017

JUEVES DE JOYAS

Bueno, hoy emboqué dos papongas de una calidad infrecuente.
Arranco en Francia, en 2012, cuando el imbatible Lewis Trondheim se pone la pilcha de guionista y forma equipo con Matthieu Bonhomme para realizar Texas Cowboys, una magnífica novela gráfica dividida en nueve capítulos de 16 páginas, como si fueran nueve entregas de un foletín, o un comic-book.
Como su nombre lo indica, la obra nos sitúa en Texas, en el último cuarto del Siglo XIX, la época en la que transcurren casi todas las historias de ese género llamado western, al que los franceses aman y no están dispuestos a dejar morir. Texas Cowboys se propone como desafío recuperar todos los tópicos del género: ladrones de bancos, timberos de saloon, indios zarpados, el infaltable sheriff, la clásica femme fatale, el forajido, el garca que tiene más poder que la autoridad legal… todo visto desde los ojos de otro personaje bastante típico del western: el muchacho finoli y culto de la Costa Este que viene a conocer de primera mano el legendario estado de Texas. En este caso es un pibe que trabaja como periodista en un diario de Boston y busca información para una serie de artículos sobre este habitat cuasi-salvaje. Y obviamente, Trondheim lo usa como vehículo para la identificación de nosotros, los lectores.
Todos estos personajes y muchos más se entrelazan de a poco en una trama muy atractiva, desarrollada con un ritmo muy de comic francés, con diálogos filosos, silencios elocuentes, mucha acción y también bastante introspección. Y lo más lindo: en un tono ni solemne ni tan jocoso como otras obras de Trondheim.
El dibujo de Bonhomme es sintético, como un Jean Giraud resumido a lo más básico, muy expresivo y con un gran manejo de la narrativa. El hecho de que el libro esté diseñado al estilo de un comic-book americano, con páginas que en su mayoría están divididas en seis viñetas iguales (la Gran Kirby) debería ser una complicación para un autor francés, pero Bonhomme logra que esto juegue a su favor, con habilidad maradoniana.
Al final, me dio la sensación de que los autores se quedaron cortos, que había más para contar, que esos personajes ya habían cobrado vida propia y tenían todo para seguir desarrollándose. Y no estaba muy errado: años más tarde, Trondheim y Bonhomme realizaron una secuela, a la que ya tengo en mi lista de material a capturar, vivo o muerto.
Mi interminable recorrido por el material editado en Argentina en 2016 me lleva ahora a Sereno, la primera obra como autor integral de Luciano Vecchio, consagradísimo dibujante hasta hace poco bastante desconocido acá en su país. Sereno es un comic dibujado de manera formidable, con un aprovechamiento increíble del color, de la puesta en página y del trazo limpio, elegante, poderoso y carismático que caracteriza a Vecchio. El diseño de los personajes es brillante, al igual que el de la ciudad futurista en la que transcurre la historia (y a la que estaría bueno ver un poco más, es decir, tener más secuencias en las que Vecchio se luzca también dibujando fondos). Visualmente, Sereno ofrece un montón de emociones maravillosas que muy pocos comics hechos en Argentina te pueden ofrecer.
Los guiones de Vecchio combinan con mucha solvencia la acción con la introspección. Hay machaca, como en todo comic de superhéroes, pero no pasa todo por ahí. También hay un montón de conceptos que tienen que ver con el alma, la luz interior, la trascendencia… cosas que parecen clásicas fumanchereadas de la New Age, muy bien mezcladas con un despliegue de superpoderes grandilocuentes al estilo Saint Seiya o Dragon Ball (los nombres de los ataques son fabulosos) y con elementos de una metafísica más rara, más moderna, más retorcida, más cerca de Grant Morrison que de Jodorowsky.
Episodio a episodio, Vecchio puebla al universo de Sereno con un montón de personajes (buenos, malos, más o menos) y conceptos realmente fascinantes, de modo que cuando llegás al final del tomo te queda una sóla opción: querer que se edite YA más material de este personaje, y rezar para que Vecchio produzca muchísimas historias más de Sereno sin renunciar nunca a la enorme sensibilidad autoral ni a la pasmosa calidad gráfica de esta primera entrega.
Y bueno, hasta acá llegamos por hoy. Ni bien tenga más material leído, lo comentamos por acá. Gracias y hasta pronto.

lunes, 19 de junio de 2017

GELIDA NOCHE DE LUNES

Es lunes, hace un frío de la concha de la lora y lo único que tenemos para rescatar es que, si sos asalariado, mañana martes te podés quedar en tu casa en vez de ir a laburar. El resto, todo tirando a choto, incluyéndome a mí, que vengo muy lento en esto de leer comics y reseñarlos. Es un momento complicado, donde realmente se me hace difícil encontrar los tiempos para esto que antes me salía de taquito. Paciencia…
Sigo leyendo comic yanki de 2014 como si fuera novedad. Esta vez le entré al Vol.1 de Moon Knight, el que trae los seis episodios escritos por Warren Ellis y dibujados por Declan Shalvey, el equipo que me conquistó incondicionalmente en Injection. Como lo hiciera en su momento con la gloriosa Fell, acá Ellis intenta contar en cada episodio una historia autoconclusiva. A veces le sale bien, y a veces para asegurarse de que llega a resolver todo en 20 páginas, desarrolla hasta el infinito ideas que daban para 10 ó 12. Repasemos.
El primer capítulo sirve para presentarle a Moon Knight a los nuevos lectores. Quién es, qué hace, por qué hace lo que hace y qué cambió respecto de la última vez que lo vimos. Bien, tranqui. Lo justo y necesario para convencernos de que era mejor lanzar la enésima serie de Moon Knight que contar estas historias con un personaje 100% nuevo. El segundo episodio es un choreo, una trama para ocho páginas, contada en 20. La tercera está bien, es muy sencilla, pero también bizarra y perturbadora, y funciona bien como un upgrade raro del personaje. La cuarta es otra muy buena idea… para 12 páginas, a lo sumo. Narrada en 20 es medio delictiva. La quinta directamente da vergüenza ajena, no daba ni para un back-up. Y la sexta y última es la más interesante, la más jugada a la construcción de un personaje, a la indagación en las consecuencias de las cosas que hizo Moon Knight en el pasado, la que muestra mayor interés de Ellis por el personaje, su historia y su potencial. Lástima que sea la última.
Por suerte esas historias totalmente estiradas tienen el inmenso atractivo de estar dibujadas por un Shalvey inspiradísimo, que deslumbra con la puesta en página, con los truquitos de montaje, que deja la vida en los fondos, que te devasta con las escenas de acción y que (como siempre) se complementa a la perfección con la paleta de la gloriosa Jordie Bellaire.
Después de esta etapa, viene la de Brian Wood (también muy breve), así que seguramente seguiré comprando TPBs de Moon Knight, a ver si alguno logra sorprenderme con algún enfoque realmente novedoso que no consista en limpiarse el orto con las bases que construyó para el personaje el maestro Doug Moench.
Salto a 2016, y me vengo a Argentina para leer Wampum y Wigwams, un recopilatorio de historias cortas originalmente realizadas para el mercado italiano por el guionista Gustavo Schimpp y el mito viviente, Quique Alcatena, otro de los fetiches de este blog. Son 10 relatos autoconclusivos ambientados en el norte de EEUU y sur de Canadá, los bosques dominados por los iroqueses, los mohicanos, los ottawa y otros bravos guerreros de piel roja, en los que tienen mucho peso los elementos sobrenaturales, tomados de las tradiciones, los mitos y los relatos folklóricos de estos pueblos indígenas.
En general, las historias están buenas. A veces las resoluciones son un poquito obvias: vos sabés para qué lado van a inclinar la balanza cada uno de estos elementos sobrenaturales, porque casi todos se definen de antemano como benignos o malignos, como los yokai del folklore japonés. Y a veces a los guiones les falta contundencia. Ideas que daban para 8 ó 10 páginas, narradas en 13 ó 14 pierden un poco de fuerza. Lo cual no es tanto culpa de Schimpp sino del formato que exigen las antologías italianas. La prosa de Schimpp es muy sólida (no esperes la magia de Mazzitelli), se nota su amplio conocimiento del tema y la época que explora, y siempre están las ganas de dejarte algo más que la aventura, o que la resolución de un conflicto por la vía de la violencia.
Pero, lógicamente, lo que hace indispensable a este libro es el dibujo de Alcatena. Si te aburrió la onda de fantasía épica, los mundos ficticios, o las reinterpretaciones limadas de las culturas antiguas que suele hacer Quique, esto te va a volver a enamorar, porque está todo tomado de la realidad, de la historia posta de estas culturas. Wampum y Wigwams tiene monstruos y criaturas zarpadas, pero todas están basadas en animales que existen en la naturaleza. Hasta los fantasmas y espectros tienen un rigor documental alucinante en la ropa, peinados, pinturas rituales, etc.. Las armas, las construcciones, todo está milimétricamente cuidado. Además acá Quique opta por una puesta en página más tradicional, sin esas viñetas enormes, sin esos ornamentos fastuosos que le pone a los marcos de las viñetas. Y aún así, su talento para asombrarnos con los detalles brilla en esos paisajes majestuosos, en esos árboles que parecen estar vivos, en esos rostros tallados por los años, el frío y las guerras.
Un trabajo espectacular de Alcatena, lejos de su zona de confort (¿hay alguna zona del dibujo donde Quique no se sienta cómodo?), pero con todas las pilas puestas tanto en la narrativa como en los climas y sobre todo en la reproducción de la infinita y fascinante naturaleza con la que convivieron estas tribus antes de que los blancos las exterminaran.
Vuelvo pronto con más reseñas…

miércoles, 14 de junio de 2017

OTRA TARDE DE MIERCOLES

De a poquito va retrocediendo un brote de alergia que me tuvo una noche sin poder respirar (ni dormir) y varios días sin poder mirarme al espejo. Aprovecho, entonces, para redactar las reseñas de un par de libritos que tengo leídos.
Arranco en Bélgica en 2014, cuando la dupla integrada por el guionista Yves H. y su dibujante (y papá) Hermann lanzan Estación 16, otro de esos tomos autoconclusivos con historias fuertes, esas a las que ECC les diseña unas portadas horribles cada vez que las edita en España. Comparás las portadas de la edición francesa con las de la española y los querés ir a buscar con una motosierra. Me da esa bronca visceral, esa furia ingobernable, como cuando escuché la versión de Confortably Numb de Scissor Sisters, allá por 2004. Y es un bajón, sobre todo porque la calidad de impresión es buenísima, el papel y la encuadernación son buenísimos… sólo falta que alguien les explique a los muchachos de ECC que las ilustraciones que se manda Hermann para las tapas se ven mil veces mejor que los adefesios que arma el queso que tienen como diseñador.
La historia es flashera, mal. Es como un episodio grosso de The Twilight Zone, con mucho presupuesto. Si spoilear el argumento, es una típica trama en la que los protagonistas se preparan para intervenir en una situación normal, rutinaria, un mero trámite… y resulta que nada es lo que parece, que el tiempo, el espacio y la realidad se distorsionan caprichosamente y la lógica deja de aplicarse. Yves H. articula todas estas sorpresas y golpes de impacto en torno al horror. El horror de los ensayos nucleares de la Guerra Fría y el horror de una base militar fantasma en el medio de la nada, convertida en una pesadilla radioactiva que no ofrece chances de redención. Es un guión muy bien elaborado, de difícil ejecución, a pesar de lo sencillo de la idea. Y felizmente Yves H. sale muy bien parado de la ordalía.
El maestro Hermann, una vez más, nos demuestra que no hay forma de hacerlo trastabillar en los terrenos de la aventura. El tipo sigue recorriendo épocas históricas, locaciones reales y fantásticas, climas más sórdidos o más sugestivos… y el resultado siempre es el mismo: Hermann te da cátedra y te emociona a la vez con todo lo que pone en cada viñeta y la forma en que construye cada secuencia. Como todo relato de misterio, Estación 16 funciona en buena parte por cómo se te mete en la cabeza, por las cosas que te hace sentir o flashear. Hermann entiende esto a la perfección y logra transmitir con el dibujo y el color sensaciones que tienen que ver con el frío extremo, la desesperación, el abandono, el delirio, el crack que se te produce en el bocho cuando descubrís que la lógica no funciona y que nada es lo que parece. Por supuesto, todo con la belleza clásica de su trazo y su habitual maestría en la composición de las viñetas. Seguramente Estación 16 NO sea la Obra Fundamental de la dupla, pero sin dudas es una lectura más que recomendable.
Me vengo a Argentina, a 2016, para leer el primer team-up entre dos amigos a los que banco a muerte: Alejandro Farías y Juan Bobillo. Se trata de una adaptación al comic de Viejas Ilusiones, la famosa pieza teatral escrita por Eduardo Rovner centrada en la relación entre una vieja de 92 años y su madre de 120. Es una comedia grotesca, donde todo está exagerado al límite y donde abundan los chistes de todo tipo, desde los gags físicos hasta los juegos de palabras. Por momentos, parece una historieta de La Mujer Sentada, de esas en las que Copi nos presentaba extensos diálogos entre dos personajes, bizarros laberintos discursivos que conducían inevitablemente al disparate, nunca al entendimiento. Y eso es lo mejor que tiene Viejas Ilusiones: el foco nunca se desplaza del humor. Hay una trama romántica, hay un conflicto más “de fondo”, pero todo es secundario. Lo importante son los chistes, las situaciones al filo del absurdo.
Farías se las ingenia para darle SU ritmo propio a todo este alud de diálogos desopilantes… pero son demasiados. Cuando una historia es 98% diálogos, el margen de acción de un guionista es muy poco. Me dio la sensación de que el trabajo de Alejandro se limitó a decidir cuánto texto ponía en cada viñeta, que pudo meter poco de su propia cosecha. ¿Y qué pasa cuando una historieta se ve sobrecargada de texto? Se luce poco el dibujo. Los globos de diálogo cobran un protagonismo inusitado, son grandotes, están a full de palabras… y le dan a Bobillo la excusa perfecta para dibujar poco.
Eso es lo peor que tiene Viejas Ilusiones. La forma en que desaprovecha a una bestia como Juan Bobillo. Que obviamente dibuja a unas viejas geniales, bien caricaturescas, esperpénticas, granguiñolescas… pero casi no hay otros personajes, casi no hay acción, casi no hay fondos. Hay un gran manejo de los grisados, hay recursos ingeniosos (sobre todo en el primer tercio del libro) para que veamos algo más que cabecitas hablando, pero estamos lejos de las posibilidades expresivas y sobre todo narrativas del dibujo de este virtuoso del Noveno Arte. O sea que me reí mucho, me divertí un buen rato, pero me quedé con la sensación de que esta no era una obra que requiriera una versión en historieta, sobre todo porque ofrece mu poco margen para el lucimiento de dos autores tan interesantes como son Farías y Bobillo.
Volvemos pronto, con más reseñas.

miércoles, 7 de junio de 2017

TARDE DE MIERCOLES

En unas horas me voy para Córdoba a participar una vez más de Docta Comics, pero no me quiero ir sin postear un par de reseñas en el blog.
Arranco con el Vol.1 de Deadly Class, la serie creada por Rick Remender y Wes Craig en 2014. Muy buen debut, realmente, para una idea que se apoya en una consigna muy ganchera, digna de un shonen de esos que venden fortunas, para decantarse hacia dos facetas que a mí me seducen más que la machaca sanguinolienta: por un lado, muchísimo desarrollo de personajes, muchísima indagación por parte de Remender en las motivaciones, las personalidades y las distintas formas de relacionarse con los demás que tienen los pibes de este gran elenco liderado por Marcus. Por otro lado, el compromiso social. Deadly Class transcurre en 1987, sobre el último tramo del largo y aciago gobierno de Ronald Reagan, y Remender no se pierde la oportunidad de subrayar la insensibilidad, casi la inclemencia para con los menos favorecidos que demostró aquella figura emblemática del neoliberalismo más conservador.
La trama aventurera está muy bien llevada y el hecho de que los protagonistas sean chicos de escuela secundaria está muy bien aprovechado (bandas de rock, películas, comics, experiencias con drogas, primeros pasos en materia sexual). Lo único que me gustaría criticar es la incoherencia. Se supone que esta es una serie jodida, al límite, que no se guarda nada en materia de violencia, crueldad, sordidez y mala leche. Pero eso sí, hay una pelea en las duchas (con todos los pibes en bolas) y no se ve una pija ni por accidente. Y unas páginas más tarde, uno de los villanos (un freak pasado de rosca que mete miedo en cada aparición) se está empomando a una cabra… y te enterás por los diálogos, porque en los dibujos parece cualquier cosa menos que se está empomando a una cabra. ¿Tan complicado es ser un toque más explícitos con el tema sexo, en comics repletos de puteadas, decapitaciones y destripamientos? ¿Quién puede llegar a leer un comic como Deadly Class y escandalizarse al ver una pija (o una concha)? Muy choto eso. Si tenés huevos, mostralos.
El dibujo de Wes Craig es correcto, muy deudor de Paul Pope, David Mazzucchelli, Frank Miller, pero con bastante personalidad y con riesgos alucinantes en el armado de las secuencias. En ese sentido, este canadiense es un auténtico pichón de Steranko. El trabajo de Lee Loughridge (colorista que rara vez me convence) es excelente, muy jugado a los colores planos (como en los comics de los ´80) y sobre todo a los climas. La paleta, siempre muy medida, estalla en esa secuencia en la que Marcus tiene su trip de ácido, coloreada con gran jerarquía. Veremos cómo sigue esta serie cuando consiga el Vol.2
Y me vengo a Argentina, al 2016 (la puta madre, la cantidad de títulos que salieron en Argentina en 2016… no termino nunca de leerlos). Esta vez leí Dominoes, un trabajo de Matías Chenzo realizado en el formato que hoy tanto les cuesta abordar a los autores locales: la serie episódica. Chenzo aborda episodios autoconclusivos de 6 u 8 páginas en los que abre y cierra tramas pequeñas, mientras crece por atrás una trama mayor, como para que la lectura del recopilatorio genere la sensación de estar leyendo una novela gráfica. Y le sale muy bien.
No todos los episodios son igual de buenos, pero hay una cohesión, una base. Chenzo juega con la ambigüedad de la dark fantasy británica, o con un realismo mágico latinoamericano vestido de negro y con banda de sonido de temas bajoneros de The Cure. Y de a poquito, va llevando la historia de Roger y el reloj hacia una resolución que nunca me imaginé.
Acá también, los logros más notables están en la narrativa, en los experimentos de Chenzo en materia de puesta en página y en los contrapuntos entre diálogos y silencios. El dibujo está bien (sobre todo la aplicación de los grises), aunque le falta apostarle más fuerte a una estética y bancarla, quizás virar un poco más hacia la línea sucia del Dave McKean de Cages, sin mezclarla tanto con yeites de mangakas shonen. Pero es algo que sólo requiere tiempo (el tema central de Dominoes) y a Chenzo le sobra, porque es muy joven.
A mí, en cambio, me falta. Por eso suspendo acá y me pongo hacer un montón de cosas que tengo pendientes. A la vuelta de Córdoba, nuevas reseñas. Hasta pronto.

jueves, 1 de junio de 2017

TRES DE JUEVES

Vamos con algunas reseñitas más.
Salió el Vol.17 de Bakuman y obviamente me lo bajé ni bien lo levanté de la batea de la comiquería donde suelo comprarlo. El tomo tiene el peor principio posible: un enemigo al que los Muto Ahirogi ya derrotaron vuelve recargado, con un plan mejor y más maligno para aplastar a nuestro jóvenes mangakas favoritos. –No, no me hinchés las bolas… ¿con qué necesidad?... –Pero bancá, porque a partir de la consigna más chota imaginable, Tsugumi Ohba y Takeshi Obata desarrollan un arco argumental BRILLANTE, lleno de momentos impactantes, momentos emocionantes, giros impredecibles… Cuando una serie es perfecta, se puede dar estos lujos: arrancar con una jugada obvia, remanida… y darla vuelta en el aire para convertirla en una historia excelente. El villano cobra chapa, los Muto Ashirogi la rompen, el nunca bien ponderado Akira Hattori demuestra una vez más lo clara que la tiene, por fin el guión de Ohba explota un poco más el legado del tío mangaka de Mashiro, y la historia de amor (quizás lo único medio pedorro de los primeros tomos de la serie) sigue allá lejos, en octavo o noveno plano.
Bakuman, el manga de amor al manga, el shonen para acabar con todos los shonen, sigue allá arriba, con guiones y dibujos insuperables y, como siempre, una buena traducción por parte de Nathalia Ferrera que hace sumamente disfrutables los abundantes diálogos que caracterizan a esta serie. No te puedo explicar cómo la voy a extrañar cuando se termine ni la bronca que me da que los tomos salgan tan espaciados.
El año pasado, para festejar los 200 años de la delaración de la Independencia argentina, se editó en Tucumán la antología Bicentenario Fantástico, en la que participan los integrantes de un colectivo de autores llamado La Marca de Caín, con varias historietas cuya consigna es agregarle elementos fantásticos a los sucesos más importantes de la historia de nuestro país. Así, el general Belgrano interactúa con un vampiro, San Martín con zombies, los congresales de 1816 con alienígenas, Perón y Evita con mechas onda Gundam, los soldados de Malvinas con naves que parecen de Star Wars… Se entiende, no?
La idea no está mal. Es bizarra, pero con bastante potencial. La realización, en cambio, me resultó bastante precaria. Los guiones tienen poca fuerza, les falta timing… Ninguno me terminó de convencer. Y entre los dibujantes hay algunos rescatables. Emanuel Molina hace un trabajo bastante aceptable, con cierta influencia de Salvador Sanz. Rodolfo Paz muestra un muy buen manejo del claroscuro y buen criterio para la narrativa. Lo de Malena Villafañe y Arcade es raro, desparejo, con momentos realmente grossos y puntos muy bajos en una misma historieta. Y también con varios problemas en la narrativa y en la aplicación de los grises, me pareció interesante el dibujo de Brenda Cruz Villacorta, muy influenciado por Matsuri Hino. Ojalá los chicos y chicas de La Marca de Caín sigan generando nuevas y mejores historietas allá en Tucumán, una ciudad con bastante tradición comiquera.
Finalmente, después de aquel primer desencuentro amoroso, le di otra chance a Los Escorpiones del Desierto de Hugo Pratt, con otro librito que conseguí muy barato en Chile, el año pasado: Un Fortín en Dancalia, título de 1982 que, a diferencia del que vimos el 24/04/17, está pensado como una breve novela gráfica, con una única (y excelente) línea argumental.
Esta vez sí, Pratt logra hacer lo que más sabe: nutrirse de un conflicto bélico real para crear una historia 100% verosímil, humana, donde lo que importa son los personajes. Y la verdad que a Un Fortín en Dancalia le sobran los personajes cautivantes. Además, la trama en sí es muy ganchera, los diálogos están afiladísimos, la grilla de 12 viñetas iguales (que Pratt conserva en la gran mayoría de las páginas) resulta un elemento formidable para la narrativa controlada a nivel molecular, y el trazo del Tano, aún coloreado por los franceses, remite como pocas veces a la estética de Milton Caniff y Roy Crane, que tan bien encaja con los relatos de la Segunda Guerra Mundial. Así, sí.
Prometo volver pronto con nuevas reseñas y aprovecho para invitar a los amigos cordobeses a la tercera edición de Docta Comics, donde voy a estar entre el jueves 8 y el sábado 10 de este mes. ¡La seguimos en cualquier momento!

martes, 30 de mayo de 2017

WONDER WOMAN

La película me gustó bastante. De hecho, me gustó mucho más que las dos de DC que vi el año pasado (Batman vs. Superman y Suicide Squad) y creo que un poco más que Man of Steel. Peeero… veo que este film está generando una expectativa enorme, desmedida, sobre todo entre los fans hardcore de DC, que apuestan hasta los riñones a que Wonder Woman sea la gema absoluta, la gloria, la hiper-película que consagre de una vez y para siempre a esta versión fílmica del Universo DC y lo haga parecer tan sólido y tan confiable como es hoy el universo cinemático de Marvel. A esos talibanes de DC les digo: vamo´a calmarnos.
El largometraje dirigido por Patty Jenkins es un entretenimiento digno, por momentos muy bien logrado, pero no es la gloria. Es una buena historia de origen, con un criterio para dejar o sacar elementos de los orígenes de Wonder Woman que ya vimos en los comics tan discutible como el de las otras películas basadas en superhéroes.
No vayas esperando la Wonder Woman de George Pérez recreada con seres humanos, porque nada que ver. Si lo que te copa es la mitología griega, tampoco te emociones. Hay una amenaza grossa basada en este aspecto de la historia del personaje, pero los dioses aparecen MUY poco. De hecho, ni siquiera se nombra a ninguna de las diosas (Diana no dice nunca “Great Hera!”).
Si querés mucha interacción el resto de las pelis de DC, o escenas que te ceben con lo que puede pasar en Justice League, tampoco lo vas a encontrar. Ni siquiera hay una escenita post-créditos como para conectar a esta peli con las otras. Aparece la famosa foto que vimos en Batman vs. Superman, pero acá tampoco nos explican por qué después de esta primera aventura Wonder Woman se mantuvo casi 100 años oculta de los ojos de la humanidad.
¿Por qué el origen se sitúa en la Primera Guerra Mundial y no en la Segunda, como lo imaginó William Moulton Marston? Ni idea, el guión de la peli no se lo pregunta en ningún momento. Yo sospecho que es para que el villano no sea Adolf Hitler. Y hablando de los villanos, son un punto muy alto en la película.
En general, los 141 minutos transcurren a buen ritmo, casi no hay escenas que se hagan muy densas. Lo mejor que tiene el film es el equilibrio: hay muerte, violencia y destrucción, pero no es una película demasiado oscura, ni retorcida, ni solemne. También hay algunos chistes, pero nunca se sienten forzados ni fuera de lugar. Gal Gadot está muy bien en el papel, y tiene mucha química con Chris Pine (en la pantalla, porque tengo entendido que en la vida real este pseudo-Matt Damon no se franelea ni en pedo con mujeres). Pine no me pareció un gran actor ni mucho menos, pero su personaje está muy bien tratado por los guionistas. Lo cual tiene sentido si pensamos que metió mucha mano Allan Heinberg, guionista de esa etapa de WW en la que Tom “Nemesis” Tresser cumplía un rol bastante similar al que cumple Steve Trevor en esta historia.
Ya que hablábamos de sexualidades alternativas, olvidate de que la peli se haga cargo de esta onda ya blanqueada en los comics de que las amazonas “se hacen mimos” entre ellas. Diana jamás mira con ojos “cariñosos” a ninguna mujer y sólo si observás MUY finito vas a ver que cuando muere… una amazona, hay otra que la llora como la lloraría una viuda.
¿Querés una machaca hiper-épica al nivel de los últimos 30-35 minutos de Batman vs. Superman? Tampoco la vas a encontrar. Acá hay un mix mejor logrado entre batallas y desarrollo de personajes y una trama más lógica, con menos saltos al vacío. Lo único que no cierra por ningún lado es cómo Diana y Steve llegan de Themiscyra a Londres sin el avión invisible, uno de los tantos elementos bizarrísimos de la versión clásica de Wonder Woman que la peli dejó afuera. Pero también dejó afuera algo que a mí siempre me pareció alucinante, y que habría sido re-ganchero en pantalla grande: el concurso entre las amazonas para ver quién va al mundo patriarcal junto a Steve Trevor.
¿Dije “pantalla grande”? Tuve la oportunidad de ver la peli en una pantalla gigantesca, de 14 metros por 25, y la verdad que es importante verla en un tamaño power para disfrutar del gran laburo que tiene el film en rubros como la fotografía, los decorados, los trajes, y obviamente esas batallas a todo o nada, en las que se abusa un poquito del efecto de las piruetas en cámara lenta, pero están muy bien.
Si sos fan de Diana y querés que ese ejemplo de mina (fuerte, hermosa, compasiva, decidida, ingeniosa e ingenua a la vez, la guerrera perfecta que lucha por la paz), llegue a muchísimos chicos y chicas que hasta ahora nunca leyeron un comic, ponete contento/a: la escencia del personaje, todo eso que nos hace querer y admirar a Wonder Woman, está muy bien plasmado en la película. Quizás ese sea el mayor logro de Patty Jenkins y su equipo.

domingo, 28 de mayo de 2017

TARDE DE DOMINGO

Tarde aburrida, lluviosa, fresca… hermosa para quedarse en la cama haciendo cucharita. Pero si no tenés con quién cucharear (la almohada no vale, pobrecita), quedate a leer unas reseñas…
En 2015 salió el recopilatorio de Vertigo CMYK, un voluminoso tomo con la animalada de 36 historias cortas, a cargo de un elenco de autores en el que se mezclan consagrados con jóvenes promesas todavía poco conocidas en el medio, pero con muchas ganas de innovar y de escaparle al “más de lo mismo”.
Como me pasó con la antología de Vertigo que reseñé el mes pasado (27/04/17) la lista de autores grossos supera ampliamente a la lista de historietas que me partieron el cerebro. Mirá este line-up: Peter Milligan, Tom King, Bill Sienkiewicz, Fábio Moon, Steven Seagle, Jeff Lemire, Si Spencer, Gene Luen Yang, Francesco Francavilla, Gerard Way, Rian Hughes, Matteo Scalera, Amy Chu, Nathan Fox, Philp Bond, John Paul Leon, Sonny Liew, Marguerite Bennett, Tommy Lee Edwards, Al Davison, Jock, Teddy Kristiansen, Steve Orlando, Carla Berrocal, Joao Lemos y cuatro argentinos: Martín Morazzo, Emilio Utrera y la dupla Diego Agrimbau-Lucas Varela. Sí, Vertigo publicó una historieta con GUION de un autor argentino.
No me voy a poner a repasar una por una las 36 historias, porque no termino más (y mañana temprano tengo función de prensa de Wonder Woman). Pero quiero subrayar algunos hallazgos. No conocía a Ken Garing, dibujante que me gustó muchísimo. Tampoco a Monty Nero, guionista responsable de una de las mejores historias del tomo. Matteo Scalera se superó a sí mismo en su colaboración para esta antología, también en equipo con una guionista a la que no conocía y cuyo trabajo me encantó: Rachel Deering. Otra excelente historieta es la de Tommy Lee Edwards y el guionista Ryan Lindsay, a quien tampoco conocía. También me sorprendieron los desconocidos Matt Miner y Taylan Kurtulus, el guionista Benjamin Read y el dibujante Nimit Malavia.
Para terminar de redondear una propuesta muy ganchera, Tom King, John Paul Leon, Milligan, Hughes, Fábio Moon, Sienkiewicz, Bond, Francavilla, Lemire, Liew, Kristiansen, Varela y Agrimbau son algunos de los nombres fuertes que aportan historietas al nivel que uno espera de ellos e incluso un poquito por encima. Como en toda antología hay sapos y cosas que te arrancan un “what the fuck?!?”, pero como proyecto vanguardista y experimental está muy, muy bien.
Me vengo al Río de la Plata, para reseñar una coedición de 2016 que involucra a una editorial argentina y una uruguaya, en team-up para llevar al libro El Dormilón, una gran obra de Rodolfo Santullo y Carlos Aón originalmente serializada en un sitio web.
El Dormilón es un clásico misterio “whodunnit”, donde un detective debe resolver un crimen en un lugar cerrado, del que nadie puede salir (ni entrar), lo cual acota notoriamente la cantidad de sospechosos. La gracia es cómo y dónde ambienta Santullo esta estructura tan típica de los cuentos de misterio policial del Siglo XX, como respeta las reglas del género y a la vez lo hace propio. El detective no es un detective, el lugar cerrado es un edificio sitiado por zombies antropófagos, el occiso resulta ser un sorete hijo de mil putas, el crimen sirve para desnudar los vicios y las tensiones en el seno de una pseudo-sociedad organizada a los ponchazos para sobrevivir a un cataclismo socioeconómico, y el asesino… Bueno, no. No te voy a dar pistas de quién es el asesino.
Estamos frente a un comic muy ganchero, que te atrapa en poquísimas viñetas, con un gran ritmo, muchas puntas para pensar, para reflexionar, una resolución incuestionable y excelentes diálogos… esta vez poblados de modismos uruguayos, algo poco frecuente en las obras en las que Santullo colabora con dibujantes argentinos…
Y hablando de dibujantes, el trabajo de Aón es realmente exquisito en todos los rubros. El diseño de los personajes y del mundo en el que viven, la composición de las viñetas, el armado de las páginas, el color (esos engamados que van variando de capítulo a capítulo), hasta el rotulado es original y atractivo. Y sí, como en todo relato en el que se investiga un misterio, los personajes hablan mucho. Pero ahí entra en juego la cancha de Aón para que las abundantes escenas de diálogo se vean como algo dinámico, vibrante, que suman a esa gran virtud que tiene el guión de lograr que te compenetres rapidísimo con la historia y todo el tiempo quieras saber más. Recomiendo mucho El Dormilón, una novela gráfica realmente sólida, entretenida, con la profundidad que muchas veces no tienen los thrillers ambientados en mundos post-apocalípticos y con una impronta visual alucinante.
Prometo volver a postear pronto, seguramente la reseña de la peli que voy a ver mañana. ¡Hasta entonces!

martes, 23 de mayo de 2017

ENESIMA NOCHE DE MARTES

Y no, no pude postear antes del viaje a Montevideo, así que de nuevo el ratito para redactar reseñas quedó para la noche del martes, que se va convirtiendo de a poco en una cita obligada para darle bola al blog. No es mucho lo que avancé en las lecturas, pero vamos con otras dos.
En 2013 la editorial española Astiberri publicó en un único tomo integral los cuatro álbumes de Los Años Sputnik que el maestro francés Baru realizó entre 1999 y 2003… y la verdad que es una gema más en la corona de este monstruo sagrado de la historieta europea.
Esta es una serie desbordante de ingenio y vitalidad. Una comedia costumbrista acerca de la vida de los chicos de 11-12 años en un pueblo industrial de la campiña francesa, en 1957, cuando buena parte de Europa miraba con asombro cómo la Unión Soviética vendía una imagen pujante, próspera, ordenada, y hasta se daba el lujo de mandar satélites al espacio. Así como en las historietas ambientadas a fines de los ´50 en los suburbios de EEUU está siempre presente la sombra del “red scare” (el miedo al comunismo), en Los Años Sputnik vemos la contracara: una comunidad francesa de clase obrera deslumbrada por el comunismo, dispuesta a organizarse desde las bases para darle pelea a la patronal. Pero el clima sociopolítico no es lo más importante de la trama, porque Baru pone el foco en los chicos, fascinados con el satélite Sputnik, con los indios norteamericanos y con el futbol. Las chicas… las chicas vendrían después. Este es un comic donde los juegos que importan se juegan entre varones, con peleas de puños, flechazos, guerras de nieve, pulseadas y un partido de futbol monumental, que se convierte en el punto más alto del primer álbum. Y por ahí, escondido entre las sábanas, aparece un comic de Tintín, cuestionado por reaccionario en un contexto donde cualquier cosa que huela a derechosa es censurada incluso por los padres.
El dibujo de Baru es formidable. La reconstrucción de la época, la plasticidad de los personajes, las expresiones faciales repletas de comicidad, los truquitos narrativos ejecutados con precisión milimétrica, el tratamiento del color… todo es maravilloso y todo te da ganas de haber estado ahí, de haber sido un integrante más de la pandilla de “los enanos” y corretear por esas callecitas y esos descampados. Una belleza absoluta.
Me vengo a Córdoba, al 2016, cuando se edita Maelstrom, la que hasta ahora es la única obra del inmenso Diego Cortés publicada después de su muerte. Tras la partida del guionista, Hernán González (que habitualmente es autor integral pero acá juega de dibujante) se puso este proyecto al hombro y no sólo lo dibujó sino que además lo editó.
Maelstrom va más o menos para el mismo lado que Jueves, uno de los grandes clásicos que nos dejó Cortés. Es una historia urbana, chiquita, de pocas páginas, poco diálogo, casi con un sólo escenario, cuyo encanto reside en la profundidad psicológica del protagonista. En este caso, este rol le corresponde a un tipo del que ni siquiera sabemos el nombre, pero la historia nos hace sentir que lo conocemos desde siempre, que comprendemos su drama, que lo bancamos en su batalla interior contra ese maremoto que crece en su mente y amenaza con llevarse todo puesto.
Como en Jueves, acá son importantísimos los silencios, lo que no se dice. Y los climas, obviamente, que González manipula con su pincel para hacerlos opresivos, retorcidos, ominosos aunque todo transcurra de día. A nivel técnico, lo que hace González con ese pincel y esas manchas es alucinante, tiene un vuelo y un despliegue plástico impresionante. A nivel narrativo, por el contrario, abusa mucho de los planos frontales, del personaje que mira al lector, que es un buen recurso, pero no para repetirlo en casi todas las páginas. En la mayoría de las páginas, el guión le da al dibujante la posibilidad de a) no dibujar fondos, o definirlos con un par de trazos muy sueltos, y b) armar la página con menos de cinco viñetas, dos ventajas enormes para que el dibujante tenga mucha libertad a la hora de organizar los elementos gráficos dentro de la página y dentro de la viñeta. Y eso a González le sale muy bien, no desaprovecha en lo más mínimo las oportunidades de lucimiento que le da el guión. Por eso, visualmente Maelstrom es un comic tan atractivo.
Vuelvo a postear muy pronto, ni bien liquide un par de libritos que tengo pendientes de lectura. Gracias por el aguante.

martes, 16 de mayo de 2017

OTRO MARTES A LA NOCHE

Bueno, por fin un ratito libre para escribir un par de reseñas.
Empiezo en 2015, cuando el sello Icon de Marvel recopila la miniserie Men of Wrath, una obra autoconclusiva, re-convertible en película y propiedad de sus autores, nada menos que Jason Aaron y Ron Garney, una dupla que ya había colaborado en más de un comic de superhéores.
Pero en Men of Wrath no hay superhéroes… y tampoco héroes. Es un drama familiar atravesado por tiros, cuchillazos y violencia de todo tipo, y además una historia de acción bastante vertiginosa, con un ritmo intenso y sostenido. Hay dilemas morales espesos, mezclados con un nivel de mala leche visceral y varios volantazos imprevistos cerca del final, que no se parece en nada a lo que uno imagina al principio. Si te parecía que Aaron se iba un poquito al carajo con el nivel de sordidez de Scalped, te cuento que Men of Wrath sube la apuesta respecto de la ya mítica serie de Vertigo. La sube tanto, que la violencia y la crueldad se perciben como exageradas casi al punto de la caricatura, como en las mejores sagas de Sin City. De hecho, a lo largo de toda la lectura de Men of Wrath me sobrevoló el fantasma de Sin City: esa impronta fatalista, casi melancólica con la que Frank Miller barnizara aquellas masacres en las que la sangre salpicaba de las viñetas al lector, está presente en esta obra. Y como en Sin City, son masacres “larger than life”, casi superheroicas por la magnitud dramática que las rodea, pasadas de rosca por el nivel de crudeza, por el altísimo impacto, porque se nota mucho la búsqueda del “shock value” por parte de los autores.
La trama está muy bien armada y sin embargo no opaca lo más atractivo que tiene Men of Wrath, que es la construcción de los personajes (perdón que no sea más específico, pero es una obra reciente y no quiero spoilear). En ese rubro y en los diálogos están los puntos más altos de un trabajo muy logrado por parte de un Aaron que (dicen, todavía no la empecé) se volvió a superar a sí mismo en Southern Bastards.
El dibujo de Ron Garney no es perfecto, pero bueno… es Ron Garney tratando de dibujar un mundo sin superhéroes, algo que jamás pensé que iba a ver en mi vida. Por momentos hay una sobrecarga de detallitos al estilo Leinil Francis Yu que me rompe un poquito las pelotas, pero una vez que Garney entiende qué carajo está haciendo Aaron en el guión, empieza a probar con yeites de los que usaba Miller en Sin City, a los que integra muy bien a su estilo, y ahí sí, la cosa se pone realmente potente. Si te da el estómago para bancarte una historia descarnada y atroz, entrale a Men of Wrath, que está muy, muy buena.
Me voy al otro extremo, a una historieta para chicos (y no tan chicos) escrita y dibujada por Lubrio: Lucy Niestra es una chica de 14 años que vive en Rosario y resuelve misterios vinculados a las pesadillas de la gente. Un concepto digno de un comic de Vertigo, propenso a derrapar hacia el horror onírico más desbocado, pero aplicado a una historieta amistosa, linda de ver y fácil de compartir con chicos y chicas de 9 a 13 años (ponele) a los que Vertigo todavía les queda un poco lejos.
El libro se compone de seis aventuras cortas, con un plot mayor que las atraviesa a todas y se resuleve en la última, algo que a los guionistas argentinos actuales les cuesta un huevo planificar, pero que Lubrio concreta con categoría. Dentro de los episodios 100% autoconclusivos, me parece que el segundo no sólo es el mejor del libro, sino que creo que es el mejor guión de Lubrio que leí en mi vida. El tono simpático de las historias está muy bien balanceado con ciertos elementos más espesos, o más oscuros y el hecho de que las historias transcurran en Rosario tiene sentido a nivel argumental.
Una vez más, el dibujo de Lubrio se debate entre aggiornar mucho, poco o nada la estética de los cartoons clásicos de los años ´60, a los que sigue exhibiendo como principal influencia. A veces los personajes le quedan demasiado distintos entre sí, como si no pertenecieran todos a un mismo universo gráfico, pero eso no llega a obstaculizar la lectura. La narrativa está mejor que en obras anteriores (se ve que mejoró mucho el criterio a la hora de ubicar los globos de diálogo en las viñetas) y el color está impecable. Y a diferencia de otros autores de historieta infanto-juvenil, a Lubrio no le tiembla el pulso a la hora meter una cantidad de texto muy similar a la que solemos ver en las obras apuntada al público adulto, algo que yo valoro muchísimo. Ojalá se vengan más álbumes con nuevas aventuras de Lucy Niestra.
Y hasta acá llegamos. Este finde voy a estar en Montevideo Comics junto a un montón de autores grossos de Uruguay, Argentina, España, Francia, Inglaterra y Estados Unidos, así que si andás por la zona, acercate a saludar. Y la incógnita es si llegaré a leer y reseñar un par de libros más antes de viajar, o si habrá que esperar a la noche del lunes para reencontrarnos. Veremos qué pasa…

jueves, 11 de mayo de 2017

OTRA VEZ LLUVIA

Noche espantosa, de frío y lluvia, y yo acá, con un par de libros para reseñar.
Arranco con el Vol.1 de la colección Super Humor, un hardcover impresionante, de 240 páginas, íntegramente dedicado a las obras del maestro Francisco Ibáñez. Acá tenemos un montón de historias cortas de Mortadelo y Filemón de distintas épocas (de fines de los ´50 a los ´80), un montón de chistes e historietas realizadas por Ibáñez sin personajes fijos (todas anteriores a los 1970) y breves historietas de todos los personajes creados por el ya mítico autor: Pepe Gotera y Otilio, Rompetechos, el Botones Sacarino, un fragmento del primer álbum de Chicha, Tato y Clodoveo, la Familia Trapisonda, 13 rue del Percebe… un verdadero desfile de personajes uno más torpe y disparatado que el otro, nacidos de la prolífica pluma de Ibáñez, también entre los ´50 los ´80. Obviamente esto es material desparejo a nivel calidad (algunas historietas tienen ínfimos atisbos de comicidad y otras se la recontra-bancan leídas aún hoy), pero lo realmente importante es el valor histórico, la posibilidad de recorrer las distintas épocas en la producción del autor, ver cómo evoluciona su estilo, conocer a un montón de personajes que tuvieron mucho menos éxito que Mortadelo y Filemón, y hasta descubrir aventuras muy extrañas de la famosa dupla, como ese team-up con Zipi y Zape, en el que Ibáñez dibuja a cuatro manos con Escobar, el creador de los borreguitos kilomberos que durante tanto tiempo compartieron revistas con los agentes de la TIA.
Pero lo mejor del libro no es esto, sino que hay algo más. Las primeras 44 páginas componen un álbum como los típicos álbumes de Mortadelo y Filemón, en el que Francisco Ibáñez cuenta su biografía en forma de historieta y 100% en joda. Realizado en 1992, para festejar los 35 años de su creación más famosa, este tramo nos muestra a los superagentes más ineptos del mundo interactuando con todos los personajes de Ibáñez, que aparecen en orden cronológico, junto a una semblanza (obviamente farsesca) en la que el autor cuenta cómo los conoció y cómo los tomó como inspiración para sus historietas. Este tramo es un delirio que funciona en varios niveles, en el que la vida, la obra y el universo de Ibáñez se entremezclan en una sucesión imparable de gags afiladísimos. Es la historieta más “moderna” de las que integran el mega-libro, la más extensa y además la que está mejor dibujada. También la más ácida, la que mete el bisturí más a fondo a la hora de satirizar a la industria editorial en la que le tocó insertarse, consagrarse, irse con una patada en el culo y volver con gloria a este incansable creador español hoy famoso en muchísimos países del mundo. Si sos fan de Ibáñez, o si te interesa el fenómeno como para investigarlo, este libro no puede faltar en tu biblioteca.
Y me vengo a Argentina, a 2016, donde me toca acompañar a Alejandro Farías y Tomás Gimbernat en una road movie apasionante llamada El Color de la Nieve. Una historia intensa, emotiva, con muchísimo ritmo, que nos invita a recorrer un mundo extraño, en el que casi todos los personajes son animales antropomorfos, de la mano de un tortugo taciturno, melancólico, al que la suerte le va a ser bastante esquiva.
La historia tiene un tramo medio raro, que se aparta un poco del núcleo central de la trama para aventurarse sin mucho éxito en un intento de thriller socio-político con reminiscencias de G.K. Chesterton. Un tramo bien escrito, que funciona casi como una historia autoconclusiva, pero que no termina de amalgamarse bien con el resto de la obra y que, en el balance global de la misma, no aporta nada, ni siquiera al desarrollo del personaje. Más allá de ese segmento en el que Farías pareciera estar estirando el relato sin mayor necesidad, El Color de la Nieve te lleva de emoción en emoción, hasta desembocar en un final conmovedor, bellísimo, redondísimo.
En la gran mayoría de las secuencias, Farías apuesta a impactar en el lector con los silencios. El protagonista habla poco, hay muchos momentos en los que está solo, y en esos silencios El Color de la Nieve levanta un vuelo exquisito. Por supuesto eso es posible gracias al trabajo de Gimbernat, que no deja nada librado al azar. Su trazo cálido y preciso y su excelente manejo de las tramas de grises están todo el tiempo al servicio de los climas de la historia, con los que se compromete como si trabajara en equipo con Farías hace 10 ó 15 años. Gran trabajo de este autor oriundo de Puerto Madryn, al que me gustaría ver trabajando en una historieta 100% a color directo.
Por ahora, esto es todo. En unos días tendré más libros leídos como para ameritar otra tandita de reseñas. La seguimos pronto, y con los amigos uruguayos nos encontramos en vivo y en directo el 20 y 21 de este mes en Montevideo Comics.

lunes, 8 de mayo de 2017

LUNES LLUVIOSO

Día espantoso para casi todo… pero bueno, hace bastante que no escribo reseñas y tengo un par de cositas ya leídas.
Arranco con el Vol.4 de Thief of Thieves, la gran creación de Robert Kirkman, ahora en manos del británico Andy Diggle. Todo lo que pasa en este tomo es consecuencia directa de lo sucedido en el anterior (lo reseñamos el 10/08/15), y aún así Diggle se las ingenia para presentar a un nuevo personaje importante, desarrollarlo y darle un cierre, todo en poco menos de 120 páginas. Para marcar un quiebre en la serie, además, Diggle saca de escena a un personaje secundario importante, y liquida a otro y al principal villano de los tres tomos anteriores. Como si esto fuera poco, multiplica exponencialmente la chapa de un personaje con el que Kirkman y sus colaboradores anteriores no sabían muy bien qué corno hacer.
Sumémosle tiros, cuchillazos, explosiones, torturas, violaciones, mutilaciones, narcotráfico, traiciones aberrantes y runflas espúreas y tendremos un arco argumental al que le sobra impacto. Diggle te mantiene atrapado de punta a punta, con muchísimas situaciones shockeantes, de esas que te hacen decir “¡No! ¡Se fueron al carajo!”. Pero por suerte este festival de atrocidades no se queda sólo en sacudir al lector. También sirve para hacer evolucionar al personaje de Conrad Paulson, que constantemente reflexiona acerca de los límites que está cruzando en la persecución de sus objetivos.
El dibujo de Shawn Martinbrough, impecable como siempre. Vibrante, poderoso, con onda a pesar de estar muy restringido por las altas pretensiones de realismo que tiene el guión, y muy bien complementado por la paleta de Adriano Lucas. Ya sin las manos mágicas de Robert Kirkman moviendo el timón, Thief of Thieves sigue siendo una excelente opción si te gusta leer thrillers jodidos, sórdidos, sin superpoderes ni disfraces locos, sin conflictos que se puedan reducir a la vieja fórmula de “Buenos contra Malos” y donde se exploran a fondo las consecuencias de todo lo que pasa. Una pena que la mayoría de los fans que veneran a Kirkman por The Walking Dead no sepan que existe esto.
Me voy a Uruguay, a 2016, cuando se edita Greatest Hits, un recopilatorio de historias cortas a cargo de dos de los autores más notables del país hermano: el guionista Roy y la dibujante (y a veces autora integral) Maco. De las cinco historietas que reúne el libro, tres ya las vimos en antologías reseñadas en años anteriores. No por eso las disfruté menos. De hecho, La Señora Cornelia me pareció mucho mejor esta vez que cuando la leí dentro de Novelas Ejemplares (reseñada el 31/08/14)… y eso que aquella vez me había parecido la mejor historia del libro. Y una vez más, me volví loco con la perfección técnica de Serendipity (ya comentada en la reseña de Otoño, el 07/09/14).
La historia que aportaron Roy y Maco a la antología Las Moradas (reseñada el 18/11/15) queda un toque descolgada fuera del contexto de ese libro, pero los autores lo resuelven con mucho ingenio, con un epílogo realizado especialmente para Greatest Hits, tan gracioso como efectivo. Después tenemos una breve historieta a color, que no había visto nunca, y una extensa historieta en blanco negro, 20 páginas en las que Roy y Maco juegan a reversionar el clásico Alice in Wonderland. Hay muchas ideas de las buenas en estas 20 páginas, y quizás la mejor sea la incorporación de elementos meta-historietísticos, que le aportan otro vuelo al típico delirio de los universos lewiscarroleanos. Gran librito para los fans de estos dos autores, o para los que quieren conocer a una dupla infalible, a esta altura emblemática de la historieta uruguaya del Siglo XXI.
Volvemos pronto con nuevas reseñas.

miércoles, 3 de mayo de 2017

PRIMERAS LECTURAS DE MAYO

Nuevo mes en marcha y sigo avanzando de a poco con las lecturas.
Arranco en 2013, en Nueva Zelanda, donde me reencuentro con los guionistas William Geradts y Richard Fairgray, de nuevo al frente de una aventura muy extraña, dibujada por el maestro chileno Gonzalo Martínez. The Darwin Faeries propone revisitar la vida de Charles Darwin, agregando un elemento bizarro, hasta ahora desconocido: su interacción con una civilización de hadas escocesas, un clan de seres mágicos excesivamente burocráticos y fanáticos de las peleas con espadas.
Geradts y Fairgray no ocultan en ningún momento el aspecto inverosímil, casi desopilante, de lo que nos están contando, sino que –por el contrario- lo potencian con un tono de comedia absurda muy efectivo. Hay combates sanguinarios, intriga palaciega y debates teóricos acerca de la evolución de las especies, la organización de las sociedades y los pro y los contra de la supervivencia del más apto. Pero todo en un clima distendido, con la comedia siempre a flor de piel. El último tercio de la obra, posterior a la muerte de Darwin, es un poco más tradicional, va más para el lado de la machaca palo-y-palo y termina con impactantes revelaciones, que los autores prometen explorar en una obra posterior.
Darwin Faeries es atractiva por lo limado de las ideas, porque hay conceptos inteligentes, presentados de modo muy ganchero, muy entretenido. Los personajes de Violet y Simon están muy bien trabajados, los diálogos son cómicos… la verdad que, salvo el hecho de que la historia no termina, no hay mucho para criticar. El dibujo de Martínez acompaña en un nivel alto, en ese registro tipo Jeff Moy, Amanda Conner, Paul Pelletier… O sea, una estética de mainstream yanki pero limpita, amistosa, con una cierta alegría. Las viñetas tienen ritmo, fluidez, una muy buena organización de la información visual que se nos brinda y un gran trabajo en la reconstrucción de las épocas del pasado que visita el guión. El colorista Juan Moraga se complementa a la perfección con el trazo prolijo y fino de Martínez y aporta las dosis exactas de impacto de calidez. Un libro raro, pero realmente satisfactorio.
Me vengo a Mar del Plata, año 2016, cuando Julián Mono (el Johnny Ryan argentino) escribe y dibuja su primera historieta extensa, La Ultima Navidad. En realidad son poco más de 50 páginas, pero que se hacen intensas y requieren bastante tiempo de lectura porque cada página tiene muchas viñetas y cada viñeta tiene mucho dibujo y mucho texto.
La trama tiene muchos puntos en contacto con la de Los Visitantes del Agujero del Comedor, esa joyita de Federico Reggiani y Angel Mosquito que vimos el 14/02 de este año. Pero mientras Reggiani y Mosquito tenían como carta de triunfo el traslado al conurbano bonaerense de ciertos tópicos de la ciencia-ficción, el misterio y el terror al estilo X-Files, Mono enfatiza mucho menos la localización de la historia y se dedica mucho más a regodearse en los elementos fantásticos, tan típicos de estas ficciones de Clase B. Su historia es más violenta, más visceral, tiene momentos francamente revulsivos y escenas salpicadas de un gore extremo, grotescamente mezclado con caca y eyaculaciones.
La Ultima Navidad es una historia vibrante de demonios de otra dimensión dispuestos a masacrar a la humanidad, con muertes, torturas y decapitaciones, pero también con chistes de conchas y porongas. Mono nunca le puso a su dibujo tantas tramas, tantas manchas negras, tanto clima ni tanta oscuridad como en esta historia, pero no es un remedo de Suehiro Maruo, ni mucho menos. Es el Mono de siempre, que le agrega una faceta de aventura dark a su dibujo claramente humorístico, hiper-expresivo, deforme, siempre entre la guarangada y el delirio.
Una obra sumamente atípica para el panorama actual de la historieta argentina, en la que Mono se abraza a los tópicos más bizarros y retorcidos de los géneros que visita para hacernos reir y sufrir de la mano de estos héroes anónimos, estos Juan Carlos Nadie que de golpe tienen que enfrentarse al Mal encarnado. Y no sólo funciona como una buena aventura en joda, sino que además va a servir para que los que hasta ahora no se habían interesado por ese dibujante que hacía chistes de pijas y soretes descubran a un narrador sólido, maduro (sí, se puede hacer chistes de pijas y ser maduro), capaz de salir de su zona de confort y mandarse un thriller con misterio, violencia, humor bizarro y una eyaculación que habla. Animate a descubrirla.
Y hasta acá llegamos. Prometo postear ni bien tenga un rato (primero tengo que avanzar con las lecturas) y reitero la invitación para encontrarnos este sábado y domingo en Dibujados, donde voy a estar con una mesa repleta de papa finísima a precios cuidados. Hasta pronto.

domingo, 30 de abril de 2017

DOMINGO A LA NOCHE

Como lo prometido es deuda, me tomé un ratito en medio del finde largo para clavar un posteo en el blog, con las reseñas de un par de libros que tengo leídos.
Arranco en 2015, en España, con el Vol.1 de ¡García!, una obra en dos tomos (gorditos, de casi 190 páginas) escrita por el imparable Santiago García y dibujada por el inmenso (y nunca valorado en toda su dimensión) Luis Bustos.
¡García! es un thriller intenso, político y metacomiquero. El guión nos plantea la posibilidad de que un emblemático personaje de la pos-guerra civil, el clásico agente del orden que combatía a los comunistas y bajaba línea a favor de la dictadura franquista, reaparezca en la actualidad. García y Jaimito son una versión apenas velada de Roberto Alcázar y Pedrín, célebres creaciones de Juan Bautista Puerto y Eduardo Vañó Pastor, que repartieron trompadas a los rojos entre 1940 y 1976, para luego desaparecer, como tantos otros fachos a los que la muerte de Francisco Franco los obligó a replantear su curso de acción.
Lo loco es que ¡García! está ambientada en un mundo en el que García y Jaimito no son personajes de ficción, sino hombres de carne y hueso, que crecieron (e incluso envejecieron) a lo largo de los 50 años en los que dejaron de vivir sus impactantes aventuras al servicio del régimen. Ahora, en esta España alternativa atrapada en una crisis política terminal, con candidatos secuestrados y grupos de extrema derecha y extrema izquierda dispuestos a todo por el poder, García reaparece intacto, igual que en los años ´50, mientras que Jaimito ahora es un señor grande… y muy jodido.
Esta primera parte consiste en presentarnos a los personajes, describirnos la situación política, explicar por qué García no envejeció y Jaimito sí, y urdir una runfla atrapante por la cual el implacable agente García, recién despertado en pleno siglo XXI, deberá involucrarse con la crisis política, mientras se amolda a una realidad muy distinta a la que recordaba. En el medio aparece Antonia, joven periodista e hija de Jaimito (Don Jaime, ahora que es grande), obviamente enroscada también en la trama de intriga política y en el estridente regreso de García a la ciudad de Madrid. Con estos elementos, Santiago García (el guionista) nos mantiene al filo del asiento, juega con un montón de tópicos que seguramente te resultarán familiares si leíste mucho comic de aventura clásica y logra generar la tensión suficiente para que sintamos la obligación de correr a leer el Vol.2 (lo tengo ahí pidiendo pista).
El dibujo de Luis Bustos es magnífico. Sobrio en el trazo, muy jugado en la narrativa, sin límites a la hora de tirar bombas en las escenas de acción… Imaginate un autor español a mitad de camino entre la prolijidad de un Paco Roca y el descontrol de un David Rubín, con yeites narrativos tomados del buen comic yanki y de Takao Saito. Una bola de demolición. Y si no te alcanza con la cátedra de blanco y negro de Bustos, la novela intercala algunas páginas dibujadas por el glorioso Manel Fontdevilla, que incorporan el sepia de las viejas revistas de los ´40 y ´50, y en las que el catalán imita la estética de las historietas de Roberto Alcázar y Pedrín, por si alguno no entendió a qué personajes hace constante referencia el guión de Santiago García. Hiper-recomendable.
Y me vengo a Argentina, 2016, cuando Rubén Gauna autoedita Horror Total, el recopilatorio de todo el material de su tira ¡Horror, Desperté con un Cazador!. En su primera etapa, Horror… es una tira costumbrista, una comedia romántica protagonizada sólo por varones, que refleja de modo irónico pero cariñoso el mundo de los osos y los cazadores, dos sub-categorías dentro del universo gay. Todo gira en torno a encuentros y desencuentros, enredos, celos y peleas pelotudas, que terminan con el Gordo y el Pelado (Gauna no le pone nombres a sus personajes) decididos a casarse.
Para las últimas 50 páginas, sin embargo, Gauna cambia de registro y conjura una saga aventurera, con elementos típicos de la space opera y de los comics de superhéroes, con personajes de otras tierras, realidades alternativas, viajes en el tiempo, batallas épicas, persecuciones, abducciones y un final un toque abrupto.
Me divertí más con la primera parte (las tiras de 2010 y 2011), aunque las de 2012 están notoriamente mejor dibujadas. El trazo de Gauna se presta naturalmente para el humor, para exagerar el lenguaje gestual y corporal de los personajes, y el autor no desaprovecha para nada ese “carisma natural” que ostenta su grafismo. A veces se nota que trata de meter demasiada información en cada tira y las viñetas se ven saturadas de texto, de dibujo o de ambas cosas. Pero en general, la narrativa fluye de modo ágil. Me imagino esto mismo contado en páginas verticales, con cinco o seis viñetas por página, y debe ser realmente espectacular.
Espero ver pronto en libro los trabajos más recientes de Gauna, a ver si sigue explorando el mundo gay de los varones (como lo hizo mil años Alison Bechdel con el de las mujeres) o si se abre a nuevas temáticas y otras formas de contar, sin las restricciones de la tira de tres o cuatro viñetas.
Sigo leyendo, y como siempre, prometo volver a postear ni bien junte varios libros leídos. ¡Nos vemos el sábado 6 y el domingo 7 en Dibujados!

jueves, 27 de abril de 2017

NOCHE DE JUEVES

Una pausita en el medio de días bastante intensos nunca viene mal y menos cuando se me empieza a acumular el material ya leído.
Arranco con Strange Adventures, un TPB que recopila dos one-shots de antología de Vertigo: Mystery in Space y el que da nombre al libro. Básicamente es un compilado de historietas de ciencia-ficción, a cargo de un elenco de autores sencillamente demoledor. Mirá esta guarangada: Mike Allred, Jeff Lemire, Brian Azzarello, Eduardo Risso, Peter Milligan, Kyle Baker, Paul Cornell, Juan Bobillo, Mike Kaluta, Denys Cowan, Andy Diggle, Sebastián Fiumara, Steve Orlando, Ann Nocenti, Ramón Bachs, Goran Sudzuka, Davide Gianfelice… y suspendo acá, pero podríamos seguir, eh?
Lo loco es que no hay una proporción directa entre la chapa de los autores y la calidad de las historias. Es decir, me emocioné mucho más leyendo la lista de los artistas involucrados que leyendo las historietas. Pará: ¿estoy diciendo que esta horda de asesinos seriales se confabuló para entregar material medio pelo a estas antologías? No, en absoluto. Hay varias gemas, pero no tantas como uno esperaría frente a semejante alud de nombres grossos. Repasemos:
Seewyn Seyfu Hinds escribe una historieta no brillante, pero más que digna, a la que Denys Cowan le pone mucha onda desde el dibujo. Juan Bobillo deja la vida en ocho páginas fastuosas, al nivel de sus mejores trabajos, pero con un guión que no termina de convencer. La que escribe Peter Milligan es una linda historia, inquietante, muy bien narrada, pero le tocó un dibujante tercerón, que desluce un poco. Una de las historietas realmente notables es la de Lauren Beukes e Iñaki Miranda, una dupla a la que ya nos tocó reseñar allá por el 08/01/15. La que escribe y dibuja Lemire también es una exquisitez, te dan ganas de que se convierta en serie mensual. No va a suceder. Cornell y Sudzuka nos narran un unitario que encaja tangencialmente con la serie Saucer Country, que no está mal. Mientras que Azzarello y Risso nos muestran una especie de prólogo a Spaceman, dibujado como los dioses, pero que en el contexto global de la obra (ver reseña del 07/08/15) no aporta demasiado.
La historia corta de la dupla Diggle-Gianfelice (vimos otro trabajo de ellos el 10/02/13) no es gloriosa pero está muy bien. Sebas Fiumara se luce en ocho páginas magníficamente dibujadas, en base a un guión de Robert Rodi que también está bastante bueno. La de Kyle Baker, junto a Kevin McCarthy, también está entre los puntos altos del tomo. Y la de Mike Allred… ponele que zafa por lo arriesgado del concepto. O sea que hay bastante para rescatar, pero no tanto como uno supondría a partir del elenco multiestelar de la antología. Si ves el TPB a buen precio, no lo dudes.
Hablando de duplas de las que a hemos visto varios trabajos, tengo para recomendar enfáticamente Reflejo, una breve novela gráfica de Rodolfo Santullo y Jok. Este es un policial con mucha onda Blade Runner, es decir, con un tratamiento de serie negra y una ambientación de futuro cercano, oscuro, jodido y sobre todo posible.
Si me pongo muy en estrecha, tengo que decir que me hubiese gustado un último giro, algún volantazo impredecible, para el final. Pero la verdad es que disfruté muchísimo la historia, sobre todo por el increíble oído de Santullo para los diálogos (escrito en mi amado castellano rioplatense, a años luz de esa pedorrada del “castellano neutro”). Me atraparon los climas, el timing y destaco también la habilidad de Santullo para mantenernos compenetrados con la trama de investigación cuando uno como lector maneja MUCHISIMA data que los personajes que investigan desconocen por completo. Muchas veces cuando el lector sabe mucho más que los personajes, la historia pierde gracia o interés. No es el caso de Reflejo, que mantiene la tensión, las emociones fuertes y el énfasis en el desarrollo de los personajes hasta la última página.
El trabajo de Jok me pareció excelente. Es increíble cómo se adapta al tono de cada relato que le toca dibujar, como va madurando su estilo obra a obra. El Jok de Reflejo es un artista más clásico, que además de romperla en el claroscuro y en la espectacularidad de las escenas, presta atención a detalles, texturas, efectos de iluminación… La narrativa está cuidadísima, las transiciones son hiper-gancheras, esa puesta en página que sugiere una división de casi todas las páginas en dos mitades funciona muy bien (obviamente juega con el título de la obra) y los decorados futuristas, máquinas y vehículos tienen muchísima onda. Además, en las secuencias donde cobran relieve los sentimientos y las emociones, Jok da cátedra en materia de expresiones faciales, algo que no suele enfatizar tanto en otros trabajos.
Si extrañás esos thrillers futuristas en ciudades corruptas que aparecían en la Zona 84 (dibujados por José Ortiz, Altuna o Bernet), no dejes de jugarle una fichita a Reflejo, 65 páginas en las que Santullo y Jok demuestran categóricamente por qué son una de las duplas más interesantes del panorama local, y por qué la rompen cada vez en más mercados donde se están publicando sus obras anteriores.
Volvemos con más reseñas en algún momento del finde largo. ¡Hasta entonces!

lunes, 24 de abril de 2017

TARDE DE LUNES

Tengo varios libritos leídos como para reseñar. Veamos hasta donde llegamos…
El Vol.1 de Los Escorpiones del Desierto, del maestro Hugo Pratt, es uno de esos comics que mil veces me pasaron frente a la nariz, y mil veces dije “nah, no me ceba demasiado, mejor me compro otra cosa”. Finalmente lo vi el año pasado muy barato en una librería de usados en Santiago de Chile y dije “ya fue, me lo llevo”. Tenía razón yo: no me ceba demasiado.
Estas historietas de 1973, realizadas por Pratt para el semanario Tintin, son aventuras bélicas clásicas, donde los valientes muchachos del bando aliado le escupen sistemáticamente el asado a las milicias italianas apostadas en África durante la Segunda Guerra Mundial. Hay algunos personajes bien desarrollados y UN argumento muy logrado (el de Kord). Pero nada que me emocione demasiado. Es para tenerla sólo por los dibujos, que están buenísimos (lógico: esto es de la mejor época de Pratt a nivel gráfico).
Lo que más me sorprendió (además la pésima calidad de la edición española de los ´80) es la cantidad de texto, la extensión de los bloques de texto y de algunos diálogos. Una cosa muy loca que ya le había visto hacer a Pratt, acá me pegó más fuerte. Aparece un personaje nuevo, una mina que es espía. Entabla un diálogo con los protagonistas en un viaje en tren, y en pocas viñetas te cuenta dónde nació, qué estudió, en qué universidad, hasta cuándo vivió ensu ciudad natal, por qué se fue, con quién se casó, cómo terminó esa relación, cómo se hizo espía… todo con nombres, apellidos, fechas y chotocientos detalles más. En un momento pensás “ah, bueno, toda esta data debe ser relevante para la resolución del argumento, si no Pratt no la pondría”. Pero no. Diez páginas después, la minita es boleta y nada de lo que nos narró afecta a la trama en lo más mínimo. Ahí entendí que todo ese secret origin del personaje está ahí para dar un efecto de realismo, porque –es posta- cuando la gente del mundo real entabla un diálogo en un viaje largo, casi involuntariamente intercambia data acerca de su vida, de su pasado, de lo que hace o hizo, etc. ¿Está mal que los personajes de historieta también lo hagan? ¿O todo lo que dice un personaje tiene que estar ahí en función de la historia? No sé, no me decido por una respuesta…
Me voy a EEUU, de la mano del Vol.3 de Catwoman que va justo después del Vol.4 que vimos el 08/05/15. ¿El 3 va después del 4? Sí, esta es otra edición que trae más episodios por tomo. De hecho, en este mega-broli (más de 300 páginas) está completo el último año de Ed Brubaker al frente de la serie, todo material que no se había recopilado en los TPBs anteriores.
A nivel argumental, esto está lejos de los mejores trabajos de Brubaker. El guionista insiste con Philo Zeiss, el villano que había creado durante su paso por la revista de Batman (lo vimos en la reseña del 15/02/11), suma a más capos mafiosos de los que pululan por Gotham y se va medio al carajo con una saguita con onda “realismo mágico, romance y cimitarras ” en la que resuelve el plot de los chabones vestidos con túnicas y turbantes árabes que venía del tomo anterior. En el último tramo, tenemos tres episodios muy vinculados a la saga War Games, por la que desfilan un montón de personajes (buenos y malos) de Gotham City en una aventura que a Selina realmente la afecta poco y nada. Y después viene un unitario casi sin piñas ni patadas, en el que Brubaker cierra su etapa al frente de esta serie.
Lo grosso de todo esto es cómo el guionista encuentra espacios para trabajar lo que a él más le interesa, que es el desarrollo de los personajes. Selina, Slam Bradley, Holly Robinson, en menor medida Leslie Thompkins… todos salen profundamente transformados después del paso de Brubaker por la serie. Como siempre digo, Catwoman me gusta más como villana que como justiciera, pero Brubaker se esfuerza por subrayar que, pase lo que pase, Selina no va a ser nunca una heroína. La mina tiene sus propios códigos, sus propios métodos (que no son los de Batman), y una consigna también muy propia, que es la defensa del barrio más pobre y más heavy de Gotham. Hasta en estos últimos episodios, donde se des-enfatiza bastante la onda “serie negra”, Catwoman se niega a ajustarse al molde de la heroína tradicional. Y eso es lo que la mantiene interesante.
Obviamente suma muchísimo que 10 de los 12 episodios tengan como dibujante al maestro Paul Gulacy, siempre infalible en la narrativa, generoso en los fondos, jugado en las expresiones faciales, impactante en el manejo de las escenas de acción. Y uno de los suplentes es nada menos que Sean Phillips, el compañero perfecto de Brubaker, al que le toca un episodio sin machaca, totalmente introspectivo, centrado en una cita romántica entre Selina y Bruce Wayne, que es de lo mejor que tiene para ofrecernos este tomo.
Si sos muy fan de Catwoman, podés seguir esa serie más allá del nº37, que es el último de Brubaker. Si lo que te atrae es el laburo de este prócer del guión, bajate en esta parada y despedite de la gata de Gotham, que nunca volvió a protagonizar historias a este nivel.
Volvemos pronto con más reseñas. ¡Hasta entonces!

viernes, 21 de abril de 2017

GUARDIANS OF THE GALAXY Vol.2

James Gunn lo hizo de nuevo. A lo largo de 137 minutos, la nueva peli de los Guardians of the Galaxy es una clase magistral de cine, más allá de las épocas, los géneros y la pertenecia de este film a un universo compartido con otros 15 o 20 largometrajes (¿cuántos van? Yo ya perdí la cuenta…).
A nivel visual, Guardians of the Galaxy Vol.2 es sin ninguna duda la mejor película que vi en mi vida. El diseño de producción, el vestuario, las naves, los decorados, los maquillajes y los efectos especiales alcanzan para pasarle el trapo a TODO lo que te imagines. La banda de sonido también, es tan buena que justifica por sí sóla lo que pagues por ver la peli.
Pero vamos al argumento, que es lo que importa. La trama básica gira en torno al origen de Peter Quill, a resolver la incógnita que quedó la vez pasada acerca de su filiación. Gunn la resuelve de un modo impecable, aunque bastante alejado al de los comics. Pero si bien el rol de Starlord y su reencuentro con su verdadero linaje son importantísimos, el guión de Gunn le reserva grandes momentos a todos los otros personajes.
Yo creía que el chiste del Groot bebé caducaba (o se marchitaba) después de la primera escena (majestuosa, por cierto) y que lo iba a putear todo el resto de la cinta. Para nada. El Groot bebé funciona y garpa de punta a punta. Drax la rompe. Rocket tiene varias escenas magníficas, donde gana cada vez más profundidad. Y si bien el personaje de Gamora tiene bastante desarrollo, creo que sigue siendo el punto débil, el personaje al que todavía no le agarraron la mano como para hacerlo explotar. En la peli anterior, Gunn nos presentó a dos personajes secundarios muy atractivos, que no tuvieron espacio para brillar demasiado, pero prometían: Yondu y Nebula. Esta vez, ambos personajes ascienden a roles protagónicos y por momentos parecen ponerse la película al hombro. Los dos tienen un montón de escenas fundamentales, de altísimo impacto, al nivel de cualquiera de los Guardians. Por supuesto no quiero spoilear nada (sobre todo porque falta mucho para el estreno en cines), pero la chapa que acumula sobre todo Yondu en esta peli es infinita.
Ese truco de plantar personajes para que estallen en la siguiente entrega salió tan bien, que esta vez Gunn te planta otros dos: Mantis (también en una versión absolutamente incompatible con la de los comics) y Stakar, el personaje de Sylvester Stallone, que si sos fan de los Guardians clásicos seguramente intuirás para dónde va encaminado. Acá hay sembradío de plots para por lo menos una película más a todo culo, y varias de esas puntas tienen que ver con personajes y conceptos que los fans de Marvel lograrán reconocer a pesar de que acá hay muchas menos capas, máscaras y trajes colorinches.
La única contra que tiene el guión es que no avanza un choto el plot de las gemas del infinito. Si mirás el elenco de la peli, vas a ver que no está Josh Brolin. Y eso medio me la bajó, porque yo quería mucho Thanos, mucha previa a lo que va a ser la Infinity War con los Avengers y otros héroes de la Tierra. Obviamente en varios momentos Gamora y Nebula hablan de su papá, pero nunca lo vemos ni a él ni a las gemas. De todos modos, uno se queja de lleno, porque la verdad que es una película maravillosa, con un ritmo alucinante, con una combinación perfecta entre machaca épica, comedia y emotividad. Posta, eh? Acá vas a vibrar, te vas a reir a carcajadas (por momentos parece una peli cómica como las de antes, o como un corto de los Looney Tunes con actores), y a menos que tengas un cascote de la tribuna de Independiente en vez de un corazón, seguro vas a lagrimear, o aunque más no sea a pucherear.
Preparate a quedarte en el cine hasta el recontra-final, porque varias de las mejores escenas están intercaladas con los créditos. Es más, esta vez hay chistes hasta en los propios créditos. Y referencias ochentosas gloriosas, cameos copados y desopilantes intervenciones de Stan Lee, en las que (si mirás bien) hay un homenaje perfecto a Tintin. Ardo en deseos de verla otra vez. En general, uno prefiere dedicarle esas dos horas y pico a leer comics, pero esta peli rompe con todo. Sería muy injusto que no batiera todos los records de recaudación, que no ganara ocho o diez Oscars y que no se la recordará durante décadas como una cima del cine de aventuras. Así de grossa.

miércoles, 19 de abril de 2017

ARGUMENTO vs. GUION

Vengo complicado con los tiempos, no tanto para leer comics, pero sí para encontrar un rato en el que sentarme tranqui a reseñar el material que leo. Desde el último post se me acumularon unas cuantas lecturas, y bueno… ya las iremos bajando.
Hoy vamos con el super-clásico Argumento vs. Guión, en dos obras recientes de autores argentinos.
The Pathetic Life de Mel O´Griffin es una breve novelita gráfica de Nicolás Brondo, donde el argumento es… menor. Mel es un tipo patético, pusilánime, un boludo convencido de que el suicidio es la mejor forma de escapar a sus angustias y penurias. Tiene una mujer y una hija, que reaparecerán en su vida, y en los diálogos con ellas se replanteará algunas cosas… y otras no. A priori no parece una consigna muy fértil, ni muy ganchera, pero la magia está no en el argumento, sino en el guión. En cómo elige Brondo contarnos esta historia. En los diálogos, en los silencios, en el armado de las secuencias, en cómo entran en escena los personajes, en dónde nos clava cada flashback y cada elipsis.
No quiero contar detalles, porque es ahí donde reside la gracia de Mel O´Griffin. Pero sí subrayar que estamos ante un ejemplo clarísimo de cómo un buen guión puede levantar enormemente a un argumento a priori medio del montón para llegar a un resultado que impacta, conmueve, por momentos te hace reir, por momentos putear, y hasta si sos muy sensible capaz que te arranca una lágrima. Y del dibujo, casi ni tiene sentido hablar, porque el nivel que alcanzó Brondo hace ya varios años está más allá de la exégesis. Expresivo, versátil, extremo cuando quiere serlo, medido cuando el relato lo recomienda… el trazo de Brondo no falla nunca y es parte del motivo por el cual The Pathetic Life de Mel O´Griffin tiene todo para cobrar chapa de gema de culto, de pequeña obra maestra en la trayectoria (a esta altura demoledora) de un autor definitivamente indispensable en la escena de la historieta argentina actual.
Vamos a un ejemplo inverso, con otra obra reciente de autores argentinos: el Vol.1 de Kormákr, escrito por Damián Connelly y dibujado por Nicolás Nieto. La premisa es totalmente atrapante: estamos en 1980 y los agentes Lydia White y Yuri Spektor son enviados al pueblito de Ludgard a investigar misteriosos asesinatos. La referencia a Twin Peaks es tan obvia, que en un punto lo intoxica a Connelly y lo convence de que puede hacer bien lo que sólo David Lynch puede hacer bien: convertir a la trama de un thriller en la excusa perfecta para limar, para meter alucinaciones, flashbacks retorcidos, personajes estrambóticos… y que todo se entienda y el espectador la pase bien. No es el caso.
Connelly la rompe en un rubro complicado: la construcción de los personajes. White y Spektor aparecen en estas cincuenta y pocas páginas como personajes complejos, atractivos, muy bien pensados y desarrollados por el guionista. El resto del guión, en cambio, contribuye poco a que brille el argumento. Es oscuro, es críptico, por momentos es caprichoso, por momentos donde tendría que generar tensión genera aburrimiento, y hasta repite un recurso (el lobo) que ya vimos en La Sombra de Alec Foster, otra obra del mismo guionista. Por ahí levanta en la segunda y última parte… por ahí no.
El dibujo de Nieto es muy raro, nunca se decide por un estilo gráfico, sino que va saltando, probando cosas distintas página a página. Esto obviamente empantana el flujo narrativo, porque por momentos la página parece un álbum de figuritas, con seis imágenes dibujadas por seis tipos distintos, sin ningún correlato entre sí. Lo mejor que tiene Nieto es el manejo del cross-hatching extremo, y cuando lo usa con onda, con elegancia y con criterio logra imágenes muy potentes, que me recordaron a viñetas del maestro Sergio Toppi. De todos modos, tantos recursos gráficos mezclados, tantas técnicas juntas me generan desconcierto, me transmiten la sensación de “tiro 50 trompadas al aire y alguna voy a acertar”. Ojalá en sus próximos trabajos Nieto se decida por UNA técnica de dibujo y UNA técnica de entintado y crezca y se afiance en una sóla dirección. Y después, cuando sea muuuuuy capo en una técnica, que pruebe con otra y así, hasta convertirse en el Viejo Breccia.
Ni bien tenga un rato, reseño un par de libritos más que están ahí, pidiendo pista. ¡Gracias y hasta pronto!

viernes, 14 de abril de 2017

FERIADISIMO

Gran tarde al mega-pedo, ideal para ponerse al día con varios temas pendientes, y uno de esos pendientes son las reseñas de un par de libros que tengo leídos y que todavía no comentamos por acá.
Parece mentira que después de tantos años, sigan apareciendo historietas que me conmueven profundamente, que me estremecen, que me tienen un rato largo con la piel de hincha de River, vibrando como un dildo, todo el tiempo al filo del lagrimón. Me acaba de pasar con Sky Hawk, mi nueva obra favorita en la gloriosa carrera del ireemplazable Jiro Taniguchi. Sky Hawk te aniquila ya desde la premisa: dos samurais caídos en desgracia, varados en las planicies del Noroeste de los EEUU, se integrarán a una tribu sioux y les enseñarán técnicas de combate típicas del Japón feudal que los ayudarán en su lucha contra el ejército de los EEUU, que avanza por las malas para quitarles las tierras a los pueblos originarios y traer “el progreso” de la mano del ferrocarril.
Hasta ahí, todo alucinante. Imaginate lo que hubiese hecho Robin Wood con esta idea allá por 1980. Una genialidad, no? Pero el sensei Taniguchi no se queda atrás. Sintetiza muy brevemente el pasado de Hikozaburo y Manzo le dedica estas casi 300 páginas a la trama central: el team-up de amarillos y rojos contra unos blancos sumamente garcas, liderados por el General Custer (una especie de Julio Argentino Roca yanki, que en vez de terminar como presidente de la nación terminó acribillado por las flechas de los indios). La historia de los aborígenes unidos para defender las Colinas Negras la leímos 100 veces, hasta en un álbum de Lucky Luke. Y ahí es donde entra la magia de Taniguchi: le suma a este relato la participación de los dos samurais, la interacción entre estos y los pieles rojas, la sorpresa de los milicos yankis al ver que de pronto los indios cambian la forma de combatir…
Obviamente al final van a ganar los malos, pero mientras tanto, tenemos una epopeya atrapante, emotiva, una cátedra en la que el maestro Taniguchi nos enseña que el coraje y el honor no saben de razas ni de fronteras. El choque entre las culturas da pie a diálogos memorables, la trama romántica no está para nada enfatizada, los hechos históricos están perfectamente respetados... Estamos frente a un guión mucho menos introspectivo que el de las obras más típicas de Taniguchi, al que –sin embargo- no le falta complejidad ni profundidad, y que por lo menos a mí, me dejó hiper-manija.
El dibujo es inevitablemente excelente. Como ya sucediera en el Vol.1 de Seton (ver reseña del 22/07/12), el combo Siglo XIX + locaciones agrestes del Oeste de los EEUU remite a Taniguchi casi de inmediato a los grandes clásicos del western franco-belga. Y así aparecen en el trazo del ídolo algunos paisajes, algunos enfoques y hasta algunas resoluciones gráficas que ya vimos mil veces, ya sea en el Teniente Blueberry de Jean Giraud, en el Comanche de Hermann, o en el Mac Coy de Antonio Hernández Palacios. Esto, combinado con el grafismo fluído, detallado, siempre dinámico de Taniguchi, hace de este trabajo de 2002 un deleite visual insuperable, en buena medida porque vemos al maestro exigirse a sí mismo, salir de su zona de confort y bancarse com un duque un desafío gigantesco. Que Manitú lo tenga en la gloria.
Y me vengo a Argentina, al 2016, para leer un comic muy raro: Ortega y Gasset, la biografía no autorizada del célebre pensador español de la primera mitad del Siglo XX, narrada por Alejandro Farías y dibujada por Hurón. Se trata de una sucesión de secuencias breves, de no más de 12 páginas, con las que Farías nos propone armar la vida de José Ortega y Gasset como si fuera un rompecabezas. Las secuencias están bien elegidas, con un criterio amplio, como para abarcar sus inicios, sus éxitos, sus fracasos, sus polémicas con otros intelectuales de la época (entre ellos el mismísimo Albert Einstein), sus conatos de romance, su delicada posición frente al régimen totalitario de Francisco Franco, e incluso las vinculaciones entre su pensamiento y el de otros filósofos contemporáneos suyos, como Martin Heidegger. Con todo esto se ensambla un mosaico muy completo que, lejos de aspirar a una versión hagiográfica de la figura de Ortega, parece esforzarse por mostrarlo como un ser humano normal, con los defectos, virtudes e inseguridades de cualquiera de nosotros.
No es una historieta divertida, porque se centra en la vida de un filósofo cuyas principales actividades son pensar, escribir y dialogar. Acá no hay acción, ni piñas, ni persecuciones, ni un mísero garche, siquiera. Obviamente no se trata de un trabajo pensado para cautivar a los fans de la aventura. ¿Cómo se hace para dibujar una historieta donde sólo hay pensamiento y diálogo? Hurón acomete esta ciclópea tarea y le va muy bien. Se luce en la reconstrucción de la época, en la forma en que retrata las distintas ciudades (Buenos Aires incluída, obvio) por las que viaja Ortega, y sobre todo en el tratamiento gráfico. Las distintas tonalidades de gris y esa textura como de rayas de lápiz negro le agregan al dibujo una cuota de belleza muy original, que le permite a Hurón plasmar con eficacia y sutileza una gran variedad de climas, y que por momentos lo acerca a los mejores trabajos de Miguelanxo Prado.
Repito: no es una historieta para divertirse, sino más bien para que, si te interesan la vida, el pensamiento o la época de José Ortega y Gasset, puedas descubrirlos e incluso profundizar en ellos de un modo distinto, más accesible, para nada árido ni excesivamente didáctico.
Volvemos pronto con nuevas reseñas.